AUTOR: Fernando Lamata Cotanda Doctor en Medicina, experto en Salud Pública y Gestión de Servicios Sanitarios, presidente del Consejo Editorial de la Revista AJM.
Revista AJM Nº 3 MAYO 2021
La decisión de Biden apoyando la suspensión de patentes de las vacunas frente a la COVID-19, propuesta por India y Sudáfrica en la Organización Mundial del Comercio, abre un nuevo escenario en la lucha contra la pandemia. Las razones para el cambio de posición de EEUU, que hasta ahora venía oponiéndose a dicha propuesta, las expresaba la Sra Katherine Tai, embajadora Representante de Comercio de los Estados Unidos, el pasado 5 de mayo, afirmando que: “Esta es una crisis global de salud, y las circunstancias excepcionales de la pandemia de la COVID-19 reclaman medidas extraordinarias… El objetivo de la Administración es ofrecer la mayor cantidad de vacunas seguras y eficaces, a la mayor cantidad de personas, en el menor tiempo posible” (1).
Este cambio de posición viene a reconocer que el actual modelo de monopolios (patentes y otras exclusividades), aprobado en el Acuerdo sobre los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC) en 1994, no está siendo capaz de responder a las necesidades de vacunación de la humanidad en el menor tiempo posible y de forma equitativa. En efecto, a día de hoy se ha vacunado el 40% de la población en EEUU y menos del 1% de la población en el continente africano. Los monopolios conceden a las empresas algunas decisiones clave: ¿cuánto producen?, ¿a quién venden? y ¿a qué precio? Así, los titulares de las patentes deciden las empresas a las que subcontratan para fabricar las vacunas. Con la capacidad de producción utilizada se administran 20 millones de dosis diarias, cuando se necesitarían 65 millones de dosis diarias para vacunar al 70% de la población mundial al mismo tiempo que a los países ricos (finales de septiembre 2021). La otra barrera que generan los monopolios es el precio. Las vacunas se venden a más de 10 veces lo que cuestan. A las empresas les resulta más rentable vender a la UE y a EEUU 1.600 millones de dosis a 24.000 millones €, que vender 11.000 millones para vacunar a todo el planeta a precio de coste, unos 12.000 millones €. ¿Cómo no van a defender los monopolios?
Por eso, la federación de industrias farmacéuticas de EEUU, PhRMA, protestó inmediatamente el mismo día 5, asegurando que la decisión de la Administración Biden “debilitará la respuesta global a la pandemia y comprometerá la seguridad”, porque afectará a las cadenas de suministro y permitirá el aumento de las falsificaciones (2). Lo que hace falta, según PhRMA es aumentar la disponibilidad de materias primas y mejorar la distribución local. La misma protesta manifestó la federación
internacional IFPMA, añadiendo que animaba a los países ricos a donar más vacunas a los países en desarrollo. Las compañías farmacéuticas insisten en que no basta con suspender las patentes, sino que se necesita transferir el conocimiento y la tecnología y eso lleva tiempo. Esto es evidente, y eso es lo que los gobiernos deben exigir, no dejándolo al arbitrio de las empresas.
¿Cómo ha reaccionado la Unión Europea? Lamentablemente, la Unión Europea se ha enrocado en la posición que viene manteniendo, alineándose con el discurso de la industria farmacéutica, defendiendo que el modelo actual de patentes funciona y rechazando la propuesta de suspensión. Propone tres acciones: aumentar la producción, con más ayudas de dinero público a la industria; permitir que las empresas exporten a los clientes que ellas elijan y al precio que elijan, muy por encima de los costes, logrando beneficios privados muy jugosos; dar limosna a los países pobres, con las vacunas que nos sobre, directamente o a través de COVAX (3). El viejo colonialismo: dejar el poder en las grandes empresas, en vez de en la gente, y ofrecer caridad en vez de justicia.
Si hemos visto que, con los acuerdos voluntarios de las empresas, no tenemos la capacidad de vacunar a todo el planeta, tenemos que plantear otras alternativas, que es lo que ha reconocido Biden. Cada día que tardemos mueren miles de personas, se enferman cientos de miles, y las economías siguen lastradas, empobreciendo a millones. Por otro lado, surgen nuevas variantes que podrían no responder a las actuales vacunas, por lo que habrá que revacunar a toda la población una y otra vez. Así, con el modelo actual de monopolio y “escasez” calculada, Pfizer ya ha asegurado a la UE que le podrá suministrar 1.800 millones de dosis más para 2022 y 2023, eso sí, subiendo el precio, obligando a pagar a los contribuyentes más de 35.000 millones € por algo que cuesta 2.000 millones €. Desgraciadamente, los países pobres seguirán esperando su primera dosis, el virus seguirá mutando y podrá hacer inútiles estas vacunas.
Ahora bien, aunque la Comisión Europea, Alemania, Francia y otros países de la UE se han puesto en contra, España, Italia, Irlanda y algunos otros países están a favor de la propuesta de Biden. Pedro Sánchez, en su “White Paper” reconoce que la producción mundial de vacunas es insuficiente y que su distribución no es equitativa, por lo que “la producción y el acceso a las vacunas … deben aumentar de manera exponencial y urgente”, por lo que apoya la suspensión temporal de las patentes. Además, insiste en que se debe “potenciar la plataforma COVID-19 Technology Access Pool (CTAP), para promover la transferencia de know how que permita aumentar la producción” y propone también crear “una Plataforma para Producir y Casar la Oferta y la Demanda…” para monitorizar e impulsar la capacidad de producción mundial, y coordinar cadenas de suministros. Y pide también aumentar las contribuciones a COVAX (4). Son propuestas muy interesantes.
En efecto, como señala el presidente español, además de la suspensión de patentes, es preciso que los gobiernos muestren la voluntad política para, simultáneamente: negociar / forzar la transferencia de conocimiento y tecnología a otras empresas (igual que se ha hecho con las subcontratas y las licencias voluntarias); identificar la capacidad de producción mundial y, aumentarla (mediante contratos de compra anticipada); garantizar una distribución equitativa (plataforma COVAX con control intergubernamental); y fijar precio de coste.
El problema de la pandemia ha puesto sobre la mesa, en toda la humanidad, la barrera de los monopolios de medicamentos. Incluso un gran defensor de las patentes como Bill Gates ha manifestado, a través del portavoz de su fundación, su apoyo a la suspensión temporal de patentes porque “ninguna barrera, incluida la propiedad intelectual, se debe interponer en el camino para el acceso
equitativo a las vacunas” (5). Esta es una enseñanza fundamental: en pandemia, las patentes y monopolios deben prohibirse automáticamente.
Nosotros, en la AAJM, pensamos que los monopolios de medicamentos no deben existir en ningún caso, para ninguna vacuna o fármaco, porque siempre son barreras en el acceso equitativo a los fármacos. Así como es impensable y no sería ético que un médico se guardara el conocimiento de una técnica diagnóstica o quirúrgica para sí mismo, y no la compartiera con sus colegas, impidiendo que pudiera beneficiar a todos los pacientes, de igual manera no es ético que los gobiernos concedan monopolios sobre la comercialización de medicamentos a unas empresas, permitiendo que fijen precios abusivos, y evitando que millones se puedan beneficiar. Y es que, en efecto, en el mundo siguen muriendo millones de personas cada año por enfermedades que sí tienen tratamiento, porque no pueden acceder a los medicamentos a causa de los altos precios que fuerzan los monopolios.
La razón que argumentan algunos, de que el monopolio de medicamentos es incentivo para la investigación, es falsa. El 70% de la investigación innovadora actual se financia con becas, subvenciones, centros públicos de investigación, y otras ayudas públicas, como se han investigado las vacunas COVID. De la misma, las empresas farmacéuticas hacían más investigación antes de generalizarse las patentes para medicamentos con los acuerdos ADPIC. Lo que sí han conseguido los monopolios es multiplicar por cuatro los beneficios de dichas empresas con precios abusivos y limitar el acceso a los medicamentos a millones de personas. Los monopolios en medicamentos son, simplemente, una máquina de hacer dinero para unos pocos a costa de la muerte de muchos.
La pandemia ha hecho evidente que las patentes y los monopolios no están justificados (la investigación se ha hecho con dinero público a través de ayudas directas y préstamos; el desarrollo y fabricación inicial se han hecho con dinero público a través de compras anticipadas), y que suponen una barrera real para que millones de personas puedan vacunarse. Los precios y las ganancias abusivas no tienen sentido (para la sociedad, aunque sí lo tengan para los ejecutivos de las empresas farmacéuticas). Muchas personas y algunos gobiernos han comprendido que este es un problema de salud global, que pone en riesgo la seguridad de la población mundial y necesita una solución global. “Nadie estará a salvo hasta que todos no estemos a salvo”. Por eso, la propuesta de suspender las patentes mientras dure la pandemia para que se pueda vacunar todo el mundo, es importante. A partir de ahí, deberemos seguir insistiendo para que todos los medicamentos, para la tuberculosis, la diabetes, el cáncer, las enfermedades cardíacas y neurológicas y otros problemas de salud, sean accesibles a todos, a precios justos.
La decisión histórica de Biden apoyando la suspensión de patentes para vacunas COVID debe suponer un estímulo para seguir luchando por la equidad en el acceso a los medicamentos.
AUTORA: María Julia Bertomeu Consejo Nacional de Investigaciones Científicas de la República Argentina. Comisión Editorial de la la revista AJM
Editorial de la Revisra nº 3 de mayo de 2021 de AAJM.
TRATAMIENTO ANTIENVEJECIMIENTO
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas de la República Argentina. Comisión Editorial de la la revista AJM.
En los primeros meses del año 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó sobre varios casos de neumonía en China (Wuhan). Muy pronto la pandemia de Covid 19 inició su recorrido por la aldea (capitalista) global. Se pusieron en práctica medidas de aislamiento y cuarentena en muchos países; casi en simultáneo algunos políticos y dirigentes de organismos internacionales -entre ellos el Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Gutierrez- plantaban una semilla de esperanza que rápidamente se marchitó, al decir que la gestión del virus bien podría ser una oportunidad que llamara a la solidaridad, porque “la humanidad está angustiada y el tejido social se está desgarrando. La gente está sufriendo, enferma y asustada» (ONU, 2020, https:// news.un.org/es/story/2020/03/1471472).
Tras el comienzo de la vacunación, los reclamos públicos de solidaridad y cooperación para garantizar acceso y distribución equitativa no se han agostado, aunque no suenen creíbles. Hoy se nos revela –con los datos brutales de la pandemia- que aconteció todo lo contrario: que la distribución y los precios de las vacunas están regulados por un mercado oligopólico y que “el modelo de restricciones a la producción y de acceso desigual dará lugar a un incremento del precio y obviamente de las desigualdades internacionales, dejando a gran parte del mundo sin acceso hasta 2024” (de Menezes, 2021).1
Se habla del milagro de la aparición de vacunas en muy poco tiempo, aunque habría que revisar el uso del término milagro o atesorarlo para los quienes hacen ciencia, luchan por mantenerla abierta y con financiación pública y control democrático. La producción y distribución actual de vacunas no es un milagro en uno de los sentidos que el diccionario le otorga a la palabra: “hacer algo con muy pocos medios o hacer rendir mucho los medios de los que se dispone”. No fue asi, con algunas pocas excepciones. Las compañías farmacéuticas privadas recibieron ingentes sumas de dinero de los contribuyentes de algunos países con renta alta, y las empresas exigen firmar contratos secretos con cláusulas leoninas, para luego retener en exclusiva las patentes fruto del trabajo científico y la financiación mayoritaria con dinero público, sin control democrático. Para decirlo con palabras de Marina Mazzucato: “ni duda cabe que el trabajo para crear vacunas en cuestión de meses merece elogios. La humanidad ha dado un monumental salto tecnológico, aunque el trampolín fueron décadas de inversión pública masiva en investigación y desarrollo. Sin embargo, para que los avances tecnológicos se traduzcan en salud para todos, las innovaciones creadas colectivamente deben regirse por el interés público y no por el beneficio privado. Esto es especialmente cierto cuando se trata de desarrollar, fabricar y distribuir una vacuna en el contexto de una pandemia” (Mazzucato, 2020).2
En el espacio académico y político tiene lugar hoy una disputa creciente acerca de la distribución, la producción y el innegable acaparamiento. Por un lado los “nacionalizadores” elaboran argumentos
para justificar una apabullante concentración de la producción y disponibilidad de vacunas e insumos en manos de los países ricos, con algunos curiosos argumentos sobre los méritos de un “buen nacionalismo” en tiempos de pandemia global, un absurdo sin duda alguna3. Por el otro, los cosmopolitas de distinto linaje, algunos reclamando una “cooperación global” de manera casi retórica, y otros que emprenden luchas políticas prometedoras exigiendo una vacuna del pueblo, la concesión de licencias obligatorias, levantar patentes mientras dure la pandemia.
¿Qué ocurrió con la ansiada solidaridad en pandemia? ¿Qué ocurrió que un concepto en principio esperanzador no hizo mella en los discursos y las prácticas, sabiendo hoy que la pandemia golpea muy especialmente a “las personas más vulnerables, que son las que viven en los países en desarrollo y los países menos adelantados con sistemas de salud débiles” (Correa, 2021)4. ¿Qué ocurrió que esa humanidad sufriente, angustiada y temerosa dejó de ser también el destinatario natural de las vacunas y de los cuidados en pandemia?5
Sucedieron muchas cosas y ninguna es nueva, todas eran esperables y están perfectamente documentadas. Por ejemplo: que las normas del comercio internacional de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que regula y administra el dinero de las patentes de medicamentos son vinculantes, mientras la Organización Mundial de la Salud no dispone de los medios jurídicos necesarios y suficientes para poner en práctica un verdadero programa de protección de la salud mundial (Velásquez, 2020). Y también sucedió que el “filantrocapitalismo” se apropió lentamente de la OMS, la institución creada en 1948 como un organismo público del sistema de Naciones Unidas especializado en la salud pública mundial. En los últimos 20 años la financiación pública proveniente de los 194 países miembros fue ampliamente superada por contribuciones voluntarias públicas o privadas (un 80 por ciento) incluidos los aportes filantrópicos de Bill y Melinda Gates. Tal como no se cansa de repetir Velásquez, la dependencia excesiva de las contribuciones voluntarias (privadas o públicas) da lugar a la incapacidad de establecer las prioridades mundiales de salud pública (Velásquez, 2020)6 .
I. Solidaridad, salud pública y
pandemia.
Como todos los conceptos normativos, el de solidaridad tiene una historia que deja huellas profundas en su semántica, y suele reaparecer con nervio en tiempos de crisis7 . Huelga decir que en su versión política, el concepto se potenció a finales del XIX, y muy especialmente con el movimiento “solidarista” que inició León Bourgeois, su gran impulsor. Antes de entrar en tema me permito recordar un breve texto suyo que hoy conserva actualidad, aunque la situación político-social era muy distinta:
“El término solidaridad está presente hoy en día por doquier, tanto en discursos como en escritos políticos. Al comienzo la palabra se usó como una simple variante de la fraternidad, el tercer término de la divisa republicana. Pero a medida que lo reemplazaba, el sentido que le adjudicaron tanto escritores, como oradores y la opinión pública fue tornándose parcial, menos profundo y más estrecho. ¿Es sólo un vocablo?, ¿se trata de una palabra nueva? ¿O simplemente de un capricho del lenguaje? ¿Sería correcto decir que la palabra enuncia una nueva idea que conlleva una evolución del pensamiento global?…..es como si las propias sílabas (de solidaridad) trajeran la solución para todos los problemas”. (…..)8
Incluso en pandemia, no es infrecuente que las sílabas de la solidaridad se presenten como la solución para todos los problemas, invocándosela incluso en contextos de injusticia global, sin nombrarla de manera explícita. Según decía en los primeros meses del 2020 el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, “solo detendremos el COVID-19 si somos solidarios”. “Los países, los asociados en el
ámbito de la salud, los fabricantes y el sector privado deben actuar juntos para que los frutos de la ciencia y la investigación beneficien a todas las personas…El reto es acelerar y armonizar los procesos para garantizar que, cuando los productos se consideren seguros y eficaces, puedan llegar a los miles de millones de personas que los necesitan en todo el mundo”. Y recordaba “, la experiencia pasada ‒por ejemplo, en los primeros días del tratamiento del VIH y en el despliegue de vacunas contra el brote de infección por el virus H1N1 en 2009‒demuestra que incluso cuando las herramientas están disponibles, no todas las personas tienen acceso equitativo a ellas”9 .
El presidente Macrón acude de manera constante a la solidaridad y a ciertos conceptos anejos como, por ejemplo, que las vacunas deberían ser consideradas bienes públicos universales distribuidos de manera equitativa a nivel global, y no como bienes privados que se distribuyen según capacidad de pago los dueños de las patentes10 . Solidaridad mundial en el reparto de insumos, medicamentos y vacunas, solidaridad interpersonal, solidaridad en acatar las normas de los sanitaristas en cuarentena, solidaridad con los vulnerables, solidaridad como estrategia para combatir el flagelo, solidaridad como egoísmo bien entendido, ¿qué ha sido de ella?
No hemos salido de la pandemia, tampoco tenemos razones para creer que saldremos más solidarios. Si la solidaridad, parafraseando a Habermas, es «la otra cara de la justicia», “el pegamento entre los ladrillos que forman la arquitectura de nuestras instituciones políticas y sociales”;11 en este momento de crisis capitalista brutal deberíamos comenzar por volver a construir los ladrillos con un criterio de justicia internacional, para que luego –en los intersticios- pudiera fraguar el pegamento de la solidaridad.12 Mi hipótesis es que en cuestiones de salud pública global vivimos tiempos de barbarie. Volveré sobre este punto en la sección final. Cuando se discute la distribución global de un bien social -en este caso medicamentos, insumos médicos en general y vacunas-, preciso es indagar ex ante de qué tipo de bien social se trata y cuáles son las instituciones internacionales que deberían trazar las estrategias globales. Mientras el filantrocapitalismo y la OMC decidan las prioridades en salud pública mundial, hablar de solidaridad es una pura retórica confundente que oculta el verdadero problema.
II. Distribución de vacunas.
La discusión bioética en tiempos de pandemia le presta atención creciente al tema de la distribución de vacunas e insumos. La principal polémica lo es entre el nacionalismo y el cosmpolitismo, y esta discusión está permeada por una puesta a punto del principio de solidaridad en salud pública, y muy especialmente también sobre su carácter legalmente vinculante en temas que atañen al derecho internacional.13
Hace varios años se publicó un artículo señero sobre la solidaridad en la salud pública, firmado por Barbara Prainsack y Alena Buyx, investigadora del Departamento de Ciencia política de la Universidad de Viena, la primera, e investigadora de la Universidad técnica de München, la segunda-. Es un estudio sobre la solidaridad entendida como un concepto emergente en bioética, uno de cuyos capítulos trata el tema que nos ocupa.14
Prainsack y Buyx propusieron una definición interesante y polémica de solidaridad en salud: “una práctica que expresa la voluntad de apoyar a otros con los que reconocemos una similitud en un aspecto relevante”. Interesantemente la definen como una práctica -y no un mero discurso- una acción en la que se patentiza la voluntad de apoyar a otros. El punto nodal de la definición, obviamente, depende de especificar cuáles son los ‘aspectos relevantes’ en los distintos contextos de aplicación. Por ejemplo, una identificación solidaria que une a todos los
que sostienen un sistema público de salud con sus impuestos, porque todos tienen en común la posibilidad de enfermar; y también la identificación entre aquellos que solidariamente se unen intentando excluir de la cobertura médica a las personas que han «elegido» estilos de vida poco saludables (Prainsack y Buyx, 2011). Es claro, entonces, que las conductas, prácticas o políticas de quienes se reconocen solidariamente entre sí no tienen que ser necesariamente causas justas.
Ahora bien, ¿cuáles son esos “aspectos relevantes” que las autoras le adscriben a la solidaridad en pandemia?:
“dado que los costes de la contención de las pandemias no son asumidos solo por un subgrupo, sino por toda la población, y dado que las pandemias se producen en un periodo de tiempo relativamente corto en el que las personas corren riesgos y tienen intereses muy diferentes, las posibilidades de movilizar la solidaridad para apoyar las medidas de salud pública son limitadas”. En particular, argumentamos que las medidas de salud pública impuestas por el Estado, por muy legítimas y útiles que sean, no deberían justificarse a priori con referencia a la solidaridad” (Prainsack, Buyx, 2011, 68)
Sin duda alguna el texto es descriptivamente interesante y aporta elementos para entender la ausencia de solidaridad interpersonal y comunitaria; sin embargo, el análisis resulta limitado porque está centrado mayoritariamente en la presencia o ausencia de fuerza motivacional subjetiva separada de los diseños institucionales y políticos. Por ejemplo, cuando explican la casi imposibilidad de hacer cumplir solidariamente medidas de salud pública, como lo son el cierre de escuelas y comercios y la reducción de la circulación15. Entre otros argumentos, Prainsack cita un estudio cualitativo con conclusiones interesantes, entre ellos que la insistencia de las autoridades públicas sobre los «grupos de riesgo» aumenta la percepción de las diferencias entre los grupos y alimenta las animosidades, en lugar de crear las condiciones necesarias para que florezca la solidaridad interpersonal o grupal.
La pregunta es ¿qué pasaría si extrapolamos este enfoque motivacional de la solidaridad para pensar en la salud pública global en pandemia?. Las autoras lo responden de manera parcial en el capítulo 7 del informe de Nuttfield.16 La estrategia expositiva que eligieron fue tomar como punto de partida una hipótesis de sentido común, para luego cuestionarla, a saber: dado que todos los países del mundo comparten un grado de vulnerabilidad ante una pandemia, y que todos pueden necesitar ayuda, sería lógico pensar que estarían dispuestos a compartir riesgos y beneficios para acabar con el flagelo que azota a la humanidad, realizando conductas solidarias con quienes lo están pasando peor. (Prainsack, Buyx, 2011, 91 y ss)
Pues bien, las autoras no son optimistas sobre el éxito de la solidaridad en pandemia por algunas de las siguientes razones: a) porque no es posible esperar que los países actúen de forma solidaria entre sí y sean capaces de reconocer cierta similitud “en un aspecto relevante” que los lleve a sentirse solidariamente conectados, como lo hacen habitualmente los individuos b) porque existen factores que no todos comparten, como el tamaño, la riqueza, la estructura política y la infraestructura de los países que impiden reconocer similitudes “en aspectos relevantes”, c) porque la asistencia mutua entre países en tiempos de pandemia es más difícil de argumentar pues no tenemos un super-gobierno que pueda dictar y hacer cumplir normas globales.
Aún sin desconocer que la solidaridad debería solidificarse en las sistemas de salud públicos y accesibles como lo hace Prainsack en el texto de 2020; el planteo adolece de un problema grave, que consiste en afirmar de manera a-crítica que “no tenemos un supergobierno que pueda dictar y hacer cumplir normas globales y obliguen a los países a prestarse ayuda mutua”. En realidad ocurre todo lo contrario: tenemos normas globales y geopolíticas impuestas por los países ricos de
un modo no precisamente democrático, y son justamente las que impiden que solidifiquen comportamientos solidarios, empezando por un buen funcionamiento del Programa COVAX que ha quedado en manos del filantrocapitalismo.
Este tipo de abordajes que ponen el acento en los aspectos subjetivos y motivacionales de la solidaridad –la voluntad de cooperar con quienes nos identificamos de alguna manera –, no prestan una debida atención a cuáles son los diseños institucionales en los que se fragua la salud pública internacional.
III. Pandemia, vacunas y barbarie
Las discusiones sobre la distribución de bienes sociales son hueras mientras no se explique de qué tipo de bienes se trata y, muy especialmente, si lo que se propone distribuir es una mercancía o un bien social imprescindible para el efectivo cumplimiento de derechos universales, como lo es el derecho a la salud.
El pensamiento liberal –en su variado espectro histórico y geográfico- tuvo un éxito cognitivo formidable para imponer ciertas ideas políticas, entre ellas que el mercado es la forma más apropiada de realizar todo tipo de intercambios sociales. Suelen exceptuar de la lógica mercantil algunos intercambios -como venderse como esclavo, vender el voto, la ciudadanía, vender un riñón-, algunas pocas excepciones similares a unos pequeños fragmentos no mercantilizables del orden social, ínsitos en las mismas transacciones de mercado (Radin, 1996, 30)17. Las vacunas, medicinas e insumos son hoy mercancías que los propietarios ofrecen a quienes tienen capacidad de pago y están dispuestos a firmar contratos que incluso hipotecan los recursos naturales de los países pobres.
Pues bien, hemos dicho antes que los mismos gobiernos que invocan la solidaridad internacional -entre ellos Francia- se oponen a tratar la petición liderada por los gobiernos de India y Sudáfrica para que los países miembros de la OMC renuncien voluntariamente a disposiciones del Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC), para evitar las barreras de las patentes durante la pandemia. “Los mismos países que bloquean esta iniciativa son los que han aplicado el ´nacionalismo de las vacunas´ o la priorización de sus ciudadanos”, y los datos nos dicen que a febrero de 2021: sólo 10 países concentran el 75% del total de las dosis producidas, mientras que más de 130 todavía no habrían recibiendo ninguna.18
La tríada “propiedad privada, contrato, mercado” viralizada como la panacea universal por la jerga política del capitalismo global fracasó, y en pandemia su fracaso es estrepitoso. En primer lugar i) porque en este momento la única respuesta inteligente -incluso para un egoísta racional – sería apoyar la suspensión de derechos de propiedad (intelectual) e imponer licencias obligatorias sin dilación, cosa que incluso algunas empresas y gobiernos “propietarios” sugieren hoy al reconocer que no son capaces de producir cantidades suficientes un bien esencial para la salud mundial (Lombardi, 2021). Pero también ii) porque el binomio propiedad privada y contratos (libremente consentidos) vuelve a poner en evidencia que entre el dominador y el vulnerable no hay posibilidad de firmar contratos legítimos. Las empresas exigen contratos públicos con cláusulas secretas, estrategias de compra anticipada que desperdician recursos escasos y pago adelantado sin información pública sobre precios y plazos.
Frente al desastre de la inequidad en el reparto de vacunas –el ejemplo más claro de que el mercado oligopólico no funciona- resulta curioso que todavía quien hoy intente argumentar que una vacuna no debería ser una mercancía sujeta a las leyes de un mercado oligopólico, tenga la carga de la prueba. Este imperialismo de un mercado capitalista global lleva a que el dinero domine fuera de su esfera y muy
especialmente en el ámbito político de las polis y en la cosmópolis, en la OMC y en la OMS. Estamos en manos del filantrocapitalismo que decide a quién “ayudar” en el marco de una batalla imperialista geopolítica brutal.
Como lo resume un trabajo reciente publicado por Germán Velásquez (South Center):
“El mayor problema de la OMS hoy en día, y al mismo tiempo la causa de muchos otros males, como se afirma en el documento oficioso, es la pérdida de control sobre el presupuesto ordinario. Esto ha llevado a una «privatización» progresiva del organismo. «En el momento en que los 194 Estados Miembros de la OMS, tras largas negociaciones, aprueban el presupuesto programático, sólo se puede prever una financiación parcial (aproximadamente el 20% de las cuotas)». Aproximadamente el 80% del presupuesto está en manos de contribuyentes voluntarios (públicos y privados), incluidas entidades filantrópicas como la Fundación Bill y Melinda Gates y un pequeño grupo de países industrializados, que hacen donaciones para fines específicos elegidos a menudo por ellos de manera unilateral. La dependencia excesiva de las contribuciones voluntarias (privadas o públicas) da lugar a la incapacidad de establecer prioridades basadas en las prioridades mundiales de salud pública…. Como se indica claramente en el documento oficioso franco-alemán: » (…) la financiación que llega se basa en gran medida en los intereses individuales de los donantes (…) la forma actual de financiación de la OMS ha dado lugar a un alto riesgo de vulnerabilidad y dependencia de los donantes…19
El informe de Velásquez concluye recomendando recuperar el carácter público y multilateral de la institución para ponerla al servicio de la salud publica mundial, porque el problema no es la falta de financiación sino cómo y quién financia al organismo. Para concluir deseo aclarar en qué sentido afirmo que – al menos en lo que hace al acceso y la distribución de vacunas y medicamentos esenciales- estamos en estado de barbarie. El capitalismo global –con la complicidad o con la exclusión de los gobiernos de algunos de sus países miembros- impone leyes canibalísticas, depredadoras y fraudulentas, y la mundialización de las reglas internacionales del comercio hacen imposible el efectivo goce del derecho a la salud y de uno de sus componentes centrales, el acceso a los medicamentos y vacunas.
Este proceso tuvo lugar de manera evidente desde el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC) y de los diversos tratados de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), y luego cobró fuerza adicional con la estrategia de promover negociaciones bilaterales —especialmente Norte-Sur— para fortalecer tales derechos allende lo consentido por los acuerdos multilaterales.
A la lista de horrores de la barbarie del capitalismo depredatorio internacional -sin democracia global- apuntamos ahora el manejo inequitativo de los recursos para salvar vidas en pandemia, la ausencia de una vacuna que también reciban los más vulnerables de la “aldea (capitalista) global. Como ha dicho el politólogo Jedediah Purdy en un artículo reciente con el que deseo cerrar mi artículo:
…“barbarie es un sistema que convierte a los pueblos en enemigos, víctimas y opresores de los demás…….es lo que divide a los pueblos y los enfrenta entre sí… es lo que el acaparamiento de recursos y las temibles economías hipercompetitivas hacen a las personas….es un sistema que mantiene a su gente en la oscuridad y no les da ninguna salida….Las crisis golpean como los terremotos o las plagas medievales; algunos sucumben a ellas, y los afortunados supervivientes pasan a la siguiente” 20 .
Barbarie es, también, que el destino de la humanidad dependa de las patentes de invención en el campo farmacéutico que consagran derechos patrimoniales que son incompatibles con el derecho universal a la salud, y en cierta medida también a la vida. Es absurdo hacer competir el derecho humano a la salud con los derechos patrimoniales de protección de creaciones
intelectuales. Y si estamos de acuerdo en el acaparamiento y las compras anticipadas de vacunas para Covid-19 por parte de los países más ricos tienen una relación directa con el actual sistema de patentes de invención, entonces estamos en condiciones de concluir que lo que ocurre es injusto y no sólo insolidario, que para que el cemento de la solidaridad frague es necesario volver a construir los ladrillos que hoy sustentan el injusto edificio de la salud global. (BergelBertomeu, 2020).21
REFERENCIAS
1.- De Menezez, Henrique Zeferino (2021) “The TRIPS waiver proposal: an urgent measure to expand access to the COVID-19 vaccines”, Research Paper, South Center 129. https://www.southcentre.int/wpcontent/uploads/2021/03/RP-129.pdf
2.- Mazzucato, Marina (2020, “Diseñar vacunas para las personas, no para las ganancias” https://sustainability.es/salud/ disenar-vacunas-para-las-personas-no-paralas-ganancias/) Acceso 11-04-2021.
3.- Fergusen, Kyle, Arthur Caplan (2020). ”Love thy neighbour? Allocating vaccines in a world of competing obligations”, J Med Ethics 2020;0:1–4. doi:10.1136/ medethics-2020-106887. Bollyky, T, Brown, Ch (2929) “The tragedy of vaccines nationalism”, Foreign Affaires https:// www.foreignaffairs.com/articles/unitedstates/2020-07-27/vaccine-nationalismpandemic “Global Gobernance for Covid-19 vaccines” www.thelancet.com Vol395 June20,2020. Acceso 11-04-2021. Un interesante debate político-estratégico paralelo: https://sustainability.es/politicaspublicas/la-vacunacion-en-europa-falloestas-son-las-razones/.
4.- Correa, Carlos (2021) “La pandemia de Covid-19: El acceso a la prevención y el tratamiento es una cuestión de seguridad nacional e internacional”. https:// www.southcentre.int/wp-content/uploads/ 2020/05/COVID-19-Open-Letter-REVES.pdf. Acceso 10-04-2021.
5.- Correa, Carlos (2021) “La pandemia de Covid-19: el acceso a la prevención y el tratamiento es una cuestión de seguridad nacional e internacional”. https:// www.southcentre.int/wp-content/uploads/ 2020/05/COVID-19-Open-Letter-REVES.pdf., Acceso 11-04-2021.
6.- Velásquez, Germán (2020) “Las reformas de la Organización Mundial de la Salud en la época de COVID-19”, Documento de Investigación 121, https:// www.southcentre.int/documento-deinvestigacion-121-noviembre-2020/. Obviamente suceden también muchas otras cosas, entre ellas i) una profunda crisis en la Organización Mundial de la Salud, producto de los desequilibrios de las relaciones internacionales y del quite de financiación en plena pandemia por parte de EEUU, ii) una creciente influencia del capital filantrópico sobre sus agendas, prioridades y programas como COVAX y y iii) la presión por parte de la industria farmacéutica y de los gobiernos que les conceden patentes por “invenciones” financiadas en gran parte con dineros públicos de los contribuyentes y que se usan como argumento para legitimar el nacionalismo de las vacunas. Es importante recordar también el concepto de “salud global” de los 80-90, que diseñó una estrategia siniestra de interdependencia entre la OMS, la OMC y el BM, siendo éste último el encargado de las reformas de los sistemas de salud y la OMC con el manejo, la administración y regulación de las patentes farmacéuticas que, en la práctica, supone que “la industria farmacéutica y las corporaciones internacionales de salud cogobiernan la agenda mundial de salud”. (Lombardi, Vanina, (2021), “El Covax invisibilizó la discusión sobre patentes” http://socompa.info/noticias/el-covaxinvisibilizo-la-discusion-sobre-patentes/)
7.- Sobre el concepto de solidaridad, su multiplicidad semántica, su apogeo y eclipse. Bertomeu, Maria Julia (2018) “El concepto de solidaridad y su multiplicidad semántica.
A la memoria de Toni Domènech”. Madrid, Endoxa, DOI: https://doi.org/10.5944/ endoxa.41.2018.21813 . http:// revistas.uned.es/index.php/endoxa/article/ view/21813. Acceso, 7-4-2121.
10.- Hace unas semanas Macron volvió a hablar de solidaridad por el envío de 250.000 vacunas a Colombia, aunque no deberíamos olvidar que la Comunidad Europea, EEUU y el Reino Unido bloquean el proyecto de resolución presentado por India y Sudáfrica ante la Organización mundial del comercio (OMC) para suspender las patentes mientras dure la pandemia.
11.- Habermas, Jürgen (1986) Autonomy and Solidarity, Peter Drews (edit), London, Verso.
12.- La metáfora elegida por Habermas deriva de la etimología del término y de varios verbos que forman el núcleo semántico de la palabra solidaridad, tales como cementar, fraguar y solidificar. Para continuar con el uso de la metáfora habermasiana, recordemos que los cementos no fraguan cuando el material de los ladrillos es defectuoso.
13.- Sobre el tema de la solidaridad en la ética de la salud pública, recomiendo el articulo de Angel Puyol de la Universidad Autónoma de Barcelona. Puyol, Angel (2017) “La solidaridad en la ética de la salud pública” , Revista Bioética y Derecho, 2017; 40: 33-47. Sobre solidaridad en el derecho internacional y cosmopolita: Rüdiger Wolfrum, Chie Kojima (eds.) (2009) Solidarity: A Structural Principle of International Law , Springer Heidelberg Dordrecht London New York . Para el tema que nos ocupa recomiendo especialmente el primer capítulo: Karel Wellens, (2009) “Revisiting Solidarity as a (Re-)Emerging Constitutional Principle: Some Further Reflections”.
14.- Barbara Prainsack y Alena Buyx (2011) “Solidarity: reflections on an emerging concept in bioethics” , Nuffield Foundation. El trabajo dedica un capítulo especial para los usos del concepto de solidaridad en pandemia del que me he nutrido. En el año 2020, Barbara Prainsack volvió sobre el tema ya con la pandemia del Covid19, con un artículo breve: Prainsack (2020) “Solidarity in Times of Pandemics”, Democratic Theory, Volume 7, Issue 2, Winter 2020: 124–133. El texto de Puyol de 2017, es una excelente puesta a punto y discusión de algunas de las tesis sobre aspectos normativos y descriptivos del principio de solidaridad en salud pública, y también sobre la importancia de no confundir solidaridad con justicia.
15.- Las autoras proponen una muy útil diferenciación entre distintos niveles de un posible ejercicio de la solidaridad en pandemia, por ejemplo, cuando los gobiernos y las autoridades públicas piden a la gente que haga algo costoso solidaria_ mente –no salir de sus casas, educar a sus hijos en el hogar o aceptar pérdidas de ingresos o incluso de sus puestos de trabajo en aras de la protección de unos pocos-, momento en el cual, como lo sabemos hoy, es muy probable que suscite resistencia en la población. El argumento central es que el periodo de tiempo no es lo suficientemente largo para que las personas pasen por diferentes etapas de capacidad y necesidad, lo que facilitaría el reconocimiento de las similitudes con diferentes grupos de personas. Obviamente la pregunta es cuánto tiempo debería pasar para que las personas con intereses distintos se identifiquen y actúen solidariamente, pues en la pandemia Covid19 los datos nos muestran que el paso del tiempo agudiza una lucha entre “intereses” distintos.
16.- El capítulo al que hago referencia es “Solidaridad en la práctica II: las pandemias
y la salud global en el caso de la gripe aviar” del Informe de 2011.
17.- Radin, Margaret (1996) Contested Commodities, London, Harvard University Press.
18.- Sobre el debate pendiente en la OMC recomiendo un excelente trabajo de Lombardi, Vanina (2021) “Covid-19 y patentes. El debate pendiente pendiente”. http://www.unsam.edu.ar/tss/covid-19-ypatentes-el-debate-pendiente/Acceso 11 abril 2021.
19.- El documento oficioso que Velásquez menciona en la cita es el “Non-Paper on Strengthening WHO’s leading and coordinating role in global health. With a specific view on WHO’s work in health emergencies and improving IHR implementation”, que fue elaborado por los gobiernos de Alemania y Francia, en el mes agosto de 2020. El informe de Velásquez realiza un análisis pormenorizado de algunas de las acciones que habría que modificar a futuro en la OMS, entre ellas revisar y hacer cumplir el RSI (Reglamento de la salud internacional), eliminando una palabra en el «el art. 1 del RSI en la medida en que las recomendaciones temporales se definan como medidas ‘vinculantes’. Pues “si bien otros instrumentos mundiales jurídicamente vinculantes incluyen mecanismos de incentivo para la aplicación y la presentación de informes, el RSI no prevé actualmente esos mecanismos….cosa que sí ocurre con la OMC”. (Velásquez, 2020, p. 11).
21.- Bergel, Salvador, Bertomeu, María Julia (2020) “Medicamentos esenciales, patentes y licencias obligatorias: Doha no es la respuesta”, Enrahonar. An International Journal of Theoretical and Practical Reason”, Barcelona, 65, 2020 75-84.
Imagen: ABEL F. ROS / qapta.es – Licencia Creative Commons.
AUTOR. Fernando Lamata Cotanda. Doctor en Medicina, experto en Salud Pública y Gestión de Servicios Sanitarios, presidente del Consejo Editorial de la Revista AJM
REVISTA Nº2 ABRIL 2021
El pasado día 30 de marzo se publicó en la prensa una
declaración de 25 Presidentes y Primeros Ministros, junto al Director General
de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Dr Tedros Adhanom Ghebreyesus,
comprometiéndose a “una acción conjunta para una arquitectura sanitaria
internacional más sólida”, y afirmando que “las naciones deben trabajar unidas
para establecer un nuevo tratado internacional de preparación y respuesta ante
pandemias”. Entre los firmantes están Pedro Sánchez, Ángela Merkel, Emmanuel
Macron, Boris Johnson y el Presidente del Consejo Europeo, Charles Michel. El
escrito acierta, en parte, en el diagnóstico y en las propuestas, pero, a mi
juicio, se queda corto, pudiendo quedarse en otro ejercicio retórico, de
distracción, o de descargo de conciencia. Me explicaré.
Por una parte, respecto a la situación actual, se dice que
la pandemia de la COVID-19 es el mayor desafío de la comunidad mundial desde la
década de 1940, tras la devastación de las dos guerras mundiales, y se señala
que, frente a la pandemia “nadie estará a salvo hasta que todo el mundo lo esté”.
En esto estoy de acuerdo. Pero, luego, añaden los mandatarios que se
comprometen “a garantizar el acceso universal y equitativo a las vacunas…
frente a esta pandemia y otras futuras”, y subrayan que “la inmunización es un
bien público mundial y tendremos que ser capaces de desarrollar, fabricar y
desplegar vacunas lo más rápidamente posible”. Resulta evidente que estas
buenas palabras, que podríamos suscribir, no se corresponden con las decisiones
tomadas por la Unión Europea (UE) y por sus Estados Miembros (EEMM) en el año
que dura la pandemia. Por el contrario, en ese tiempo, la UE ha reservado más
de 2.000 millones de dosis de vacunas para sus 450 millones de habitantes,
mientras la mayoría de los países pobres no han podido abastecerse. A día de
hoy se había vacunado el 8% de la población de la UE, mientras en Egipto,
Mauritania, Gabón o Namibia se había vacunado menos del 0,1%. Esto no es
equidad, se mire como se mire. Es una catástrofe moral, en palabras del Dr
Tedros. En EEUU se habrán vacunado a más del 70% de la población este verano y
en la UE antes de final de año. Pero, en muchos países de África, Asia y
América Latina, hasta final de 2022 ó 2023, millones de personas con los mismos
derechos humanos que nosotros, no se habrán vacunado. Si los habitantes de los
países ricos tuvieran que recibir una dosis de refuerzo en 2022, o si aparece
una variante que se escape a la inmunidad generada por las actuales vacunas,
entonces los países pobres deberán seguir esperando.
En su declaración, los mandatarios indican que su respuesta
para lograr “un acceso igualitario” a las vacunas y otras tecnologías frente a
la COVID era el “Access to COVID-19 Tools (ACT) Accelerator”. Esta iniciativa,
en la que participan la OMS y otras entidades, ha delegado en el “mecanismo
COVAX” la responsabilidad de acelerar la fabricación, desarrollo y distribución
de vacunas. COVAX es una iniciativa público-privada gestionada por la Alianza
para las vacunas GAVI, que a su vez está impulsada por la Fundación Bill y
Melinda Gates. Los gobiernos deberían saber que una vacunación equitativa no se
conseguirá nunca con un enfoque de “cooperación” con los pobres, de donaciones,
de acciones caritativas, de limosna: dar lo que nos sobra. Se conseguirá con un
enfoque de derechos humanos, de justicia: recibir lo que nos pertenece. El
mecanismo COVAX está apoyado la federación de industrias farmacéuticas, porque
no cuestiona el principal escollo real para la fabricación y acceso a los
medicamentos a un precio justo, que son las patentes y los monopolios, y que es
su principal fuente de beneficios abusivos. Por eso es imposible que, con este
enfoque, la UE y sus EEMM logren la equidad en el acceso a las vacunas en el
mundo.
Se debe hacer mucho más, como se reconoce en la misma
declaración. Para empezar, pueden y deben apoyar la propuesta que India y
Sudáfrica presentaron en la Organización Mundial del Comercio en octubre de
2020 para suspender las patentes de vacunas y otras tecnologías frente a la
COVID, mientras durara la pandemia. Propuesta que ya respaldan más de 100
países, incluido el Vaticano, y que está bloqueada por la UE y sus EEMM. Junto
a esa decisión, la UE, EEUU y la OMS debían presionar a las empresas
farmacéuticas a que cedieran el conocimiento y tecnologías necesarias para
desarrollar las vacunas, teniendo en cuenta que la mayor parte de esos
conocimientos se han desarrollado con inversión pública directa. Dicha cesión
se haría a la COVID-Technology Access Pool, C-TAP, de la OMS. La OMS
identificaría todas las fábricas del mundo que puedan producir vacunas y
transferiría la tecnología necesaria. En 6 meses se podría estar empezando a
fabricar 3 veces más de dosis de vacunas (20.000 millones de dosis anuales,
frente a los 6.000 millones de dosis que se fabricarán este año, al ritmo actual).
Dichas vacunas serían a precio de coste, con lo que, a mediados de 2022 estaría
vacunada toda la población, con menos de la mitad del dinero que nos vamos a
gastar para vacunar solo a los países ricos, y se podría hacer frente a dosis
de refuerzo o a nuevas variantes y nuevas pandemias.
P
orque, como reconocen los firmantes de la declaración, está
muy claro que “habrá otras pandemias y otras grandes emergencias de salud, y
ningún gobierno … podrá hacer frente por sí solo a esta amenaza. La cuestión no
es si las habrá, sino cuándo”. En este sentido, el Tratado que se propone,
arraigado en la Constitución de la OMS, y sustentado en el Reglamento Sanitario
Internacional, es muy interesante. Solo una respuesta multilateral tendrá
capacidad de hacer frente a ésta y a futuras emergencias de salud. Sin embargo,
esta propuesta exige un análisis más complejo.
Para que la OMS pueda desarrollar ese papel tiene que
reforzarse. Eso supone aumentar el presupuesto, de los menos de 3.000 millones
de dólares anuales actuales, a más de 5.000 millones, y, al mismo tiempo,
prohibir la financiación privada del organismo, consolidando una financiación
pública que garantice la independencia de la institución. En este momento,
entre la Fundación Bill y Mellinda Gates, GAVI y otras entidades privadas, una
sola persona particular puede influir en el 25% del presupuesto de la OMS. Así
mismo, en la gestión de los programas de la OMS y de la UE, se debe huir de la
llamada “colaboración público-privada” los “partnership”, y otras fórmulas
similares surgidas al calor del neoliberalismo que demoniza la gestión pública
e idealiza la gestión privada y que, inevitablemente, pone los intereses
privados por delante del interés general. El mismo neoliberalismo que privatiza
las ganancias y socializa las pérdidas, como en la Sareb, “el banco malo”
creado en 2012, que en 2020 ha engrosado el déficit público en otros 10.000
millones de euros que tendremos que pagar los contribuyentes. El mismo
neoliberalismo que ha diseñado los contratos de la UE con las empresas
farmacéuticas para las vacunas COVID. Ahí vemos que la UE y otros países
habiendo financiado el 90% de la investigación y el desarrollo de las vacunas,
ceden la propiedad de las patentes y el derecho de monopolio a las empresas.
Así, son éstas las que deciden cuánto y dónde fabrican (embudo a la fabricación
mundial), a quién se las dan primero, y a qué precio. Los precios fijados son
abusivos, en promedio diez veces por encima de su coste, pero, además, en caso
de que haya reclamaciones por efectos adversos, los gobiernos (es decir, los
contribuyentes) deberán pagar las indemnizaciones.
Por eso, no basta diseñar un Tratado de pandemias. Debemos
ampliar el enfoque hacia el futuro. Se debe lograr un nuevo equilibrio entre el
poder de las multinacionales y los grandes fondos de inversión, y el poder de
los gobiernos democráticos. Hoy, ese balance está claramente dominado por la
plutocracia del dinero cuyo objetivo es ganar más; es como un cáncer que, con
la fuerza destructiva de la codicia es capaz de acabar con la humanidad. Si no
se cambia ese equilibrio, los organismos multilaterales, como la OMS, no podrán
estar al servicio de las personas, sino de las grandes empresas. En la primera
mitad del siglo XX, con la presión del movimiento obrero en Europa, y con los
gobiernos del presidente demócrata Franklin Delano Roosvelt en EEUU, se logró
un nuevo equilibrio, que se traducía, por ejemplo, en un sistema fiscal más
justo y progresivo, donde el tipo marginal de las rentas más altas se llegó a situar
por encima del 70 y el 80%. Un modelo en el que, otro ejemplo, se aprobó en
EEUU la separación de los bancos de depósito y de inversión de riesgo, con la
ley Glass-Steagall, reduciendo el tamaño y el poder de las entidades
financieras. Después de la segunda guerra mundial se crearon la ONU, y la OMS,
y se fundó la UE, impulsando el multilateralismo democrático y la defensa de
los derechos humanos. Pero en los años 80 del pasado siglo comenzó la
revolución de los ricos, la financiarización de la economía, y los think-tanks
que impusieron poco a poco el discurso neoliberal. Como signo, en 1999 se
derogó la ley Glass-Steagall durante el segundo gobierno del presidente
demócrata Bill Clinton. El mismo gobierno que se opuso a que Mandela quisiera
aprobar un genérico para la medicación frente al SIDA en Sudáfrica. Después, en
2008, cuando estalló la crisis financiera, como los bancos eran “tan grandes
que no se les podía dejar caer”, los rescatamos con dinero del contribuyente.
Y, mientras, los mil-millonarios siguen aumentando su riqueza.
Es precisa una refundación de la OMS, pero es precisa
también una refundación de la Organización de las Naciones Unidas. Las
pandemias, los problemas de seguridad, la crisis del cambio climático, y la
necesidad de una economía que respete el medio ambiente y logre una
distribución más justa de la riqueza, reduciendo drásticamente la desigualdad,
solamente se podrán lograr con un poder político multilateral, democrático, que
pueda doblar el brazo a los mil-millonarios y a las grandes corporaciones. Solo
así se podrá colaborar, de verdad, con el sector privado realmente productivo.
Mientras tanto se tratará de parasitación, de aprovechar los recursos y
decisiones públicas para beneficio privado. Un Tratado para hacer frente a pandemias
puede ser un paso en la dirección de construir este multilateralismo
democrático que reclama Federico Mayor Zaragoza. Pero no será suficiente si no
se enmarca en una ambición real de los gobiernos por refundar y fortalecer un
mecanismo público de gobierno en las Naciones Unidas, con capacidad de acordar
normas justas (en materia fiscal, financiera, sanitaria, medioambiental, en las
tecnologías de información y comunicaciones, etc.), y con la fuerza para
hacerlas cumplir.
AUTORA. Soledad Cabezón Ruiz. Médica, especialista en Cardiología. Diplomada en Alta Dirección de Instituciones Sociales. Diputada nacional 2008-2014. Diputada europea 2014-2018. Elabora el informe “Acceso a los medicamentos de la Unión Europea” para la Comisión de Medio Ambiente, Salud y Seguridad Alimentaria
REVISTA Nº 2 ABRIL 2021
La
carrera por el acceso a los medicamentos por parte de los países en desarrollo
no parece alcanzar su fin; aún con retos pendientes como en el combate de
enfermedades infectocontagiosas que hace décadas dejó atrás el mundo
desarrollado surgió el Ébola y, ahora, la pandemia por Covid19.
La
ayuda de los países desarrollados a través de la cooperación al desarrollo no
les garantiza el acceso a estos bienes básicos, es más, puede parecer que el
verdadero objetivo no es otro que perpetuar el actual sistema del medicamento.
En
la pandemia por Covid19, la geopolítica ha pasado a jugar un papel fundamental
en garantizar el derecho a la salud a falta de que los mecanismos legales
internacionales previstos se implementen y desarrollen, lo que puede suponer
cambios de consecuencias históricas en el equilibrio internacional.
Artículo
Hoy,
el mundo en vías de desarrollo, aún sin haber podido despejar otras
enfermedades infectocontagiosas con alta morbimortalidad, se enfrenta a una
nueva amenaza sanitaria, la pandemia por Covid 19.
El
pasado mes de agosto de 2020 era noticia internacional que África erradicaba la
polio, a pesar de que la vacuna oral que se ha utilizado en la mayoría de los
países del mundo se desarrolló en 19611.
Hoy,
las vacunas contra la tuberculosis, la propia polio, la rubeola, la fiebre
amarilla, el sarampión o la hepatitis han pasado a un segundo plano en muchos
países en vías de desarrollo debido a la nueva crisis sanitaria desencadenada
por la COVID-192. UNICEF muestra cómo las medidas de cuarentena
obstaculizaron la inmunización en numerosos países, aumentando el riesgo
de que en torno a 80 millones de niños menores de 1 año contraigan una
enfermedad prevenible, que en muchos casos puede resultar grave.
Está
claro que para estos países no basta con el descubrimiento de la vacuna, se
necesita de mucha solidaridad y ayuda internacional.
La
infección de la viruela fue oficialmente declarada erradicada por la
Organización Mundial de la Salud en 1980. Una de las enfermedades más temidas
en el mundo, que provocó más de 500 millones de muerte en el siglo XX y cuyo
camino a la erradicación se inicia con el desarrollo de la vacuna en 1796. Sin embargo, mientras en los años 50 todos
los países ricos del mundo habían logrado eliminar la enfermedad, para el resto
del mundo hubo que esperar a la creación de la OMS tras la Segunda Guerra
Mundial que se marcó la erradicación de la viruela como uno de sus grandes
objetivos en 19673.
Ahora,
para el proceso de vacunación mundial contra el Covid19 nace, con la supuesta
buena intención de ayuda internacional para su erradicación en los países en
desarrollo, la iniciativa COVAX, la cual podría ser cuestionada desde su
concepción al pretender inmunizar sólo a un 20% de esta población, por lo
tanto, sin la intención de erradicar, sino de controlar, lo que puede parecer
un ejercicio “redención católica” y un ejercicio de los países ricos para
expiar sus culpas por la acaparar la producción internacional de vacunas.
El
Fondo de Acceso Global para Vacunas COVID-194 (COVAX, por sus
siglas en inglés), con 190 países participantes y un fondo de 4 mil millones de
dólares, escasos comparado con los desembolsos realizados por la Comisión
Europea y el resto de países ricos, es una iniciativa público-privada por la
que los países de ingresos altos y medianos contribuyen al fondo y reciben una
parte de las vacunas adquiridas y los países más pobres las reciben de forma
gratuita.
Esta
iniciativa se justifica en tratar de evitar lo sucedido con las vacunas para la
influenza A (H1N1) en 2009, cuando los países más ricos acapararon, una vez
más, los suministros de vacunas, pero no es menos cierto que esta estrategia
permite asegurar unas ventajosas ganancias para la industria farmacéutica que
no se ve obligada moralmente a bajar el precio o suministrar gratuitamente la
vacuna a los países con menor nivel económico, sino que los países de mayor
nivel desarrollo las financiarían; lo que no deja de ser claramente
insuficiente si sólo se propone inmunizar a un 20% de esta población, incluso
puede parecer que es una estrategia más para perpetuar el actual sistema del
medicamento a nivel internacional que priva a millones de personas en el mundo
de los medicamentos esenciales.
Pero,
lo más inverosímil es que nada de esto debiera ser necesario atendiendo a los
acuerdos de sobre las flexibilidades de los TRIPS a raíz de la Declaración de
DOHA5 sobre la propiedad intelectual de la OMC y el derecho a
preservar la salud y, en su caso, incluso suprimir las patentes cuando hay una
situación de salud pública como la que se vive con la pandemia por Covid19. Del
mismo modo que llama la atención la falta de desarrollo de la estrategia
acordada en la 64 Asamblea de la Organización Mundial de la Salud para evitar
futuras pandemias y garantizar el acceso a las vacunas y medicamentos a raíz de
la pandemia por H1N16.
Desde
luego, esta pandemia ratifica la ineficacia, ineficiencia e injusticia del
actual sistema del medicamento a nivel internacional, sus justificaciones, ya a
vistas de todo el mundo, ponen de manifiesto una forma de entender el mundo por
los países ricos desde la esfera del capitalismo neoliberal, Sin embargo, esta
pandemia tiene otro componente inédito en pandemias anteriores, la geopolítica
con Rusia y China suministrando a aquellos países a los que los países ricos
sólo les vuelven a dar una limosna y, es que, el egoísmo de los países ricos
puede acabar impulsando un mundo más injusto, con menos derechos, incluido para
los países ricos, a pesar de que “haya vacuna para todos”, si esto puede
suponer un avance de los países con menos garantías de las libertades
individuales y de los derechos fundamentales.
En
definitiva, hoy nos enfrentamos a una pandemia que, de nuevo, para los países
en desarrollo se les antoja larga y difícil. No obstante, en el momento actual
subyacen nuevos componentes e intereses en la geopolítica mundial que pueden
sorprender a aquellos países ricos con una mirada a corto plazo, mientras que
países como China7, e incluso Rusia, pretenden acelerar el control
de la pandemia en el mundo en vías de desarrollo, lo que pude dejar un panorama
mundial muy diferente al que conocemos hoy. Las nuevas alianzas mundiales no se
basan en la de sus ejércitos ante guerras entre pueblos, sino que va virando
hacia la unión ante amenazas vitales de la población mundial con agentes
biológicos como el Covid19.
China
ya provee a Brasil, Indonesia y Emiratos Árabes Unidos, y en breve lo hará a
Argentina, Chile, Jordania, México, Perú o Turquía. También los países como
Botsuana, Marruecos o la República Democrática del Congo esperan esta vacuna.
La Comisión Europea debiera poner las luces largas y liderar un nuevo modelo de cooperación al desarrollo donde acciones como la de asegurar el acceso a los medicamentos esenciales para todos fuese una de sus prioridades reales, lo que pasa necesariamente por una revisión el modelo farmacéutico impuesto por EEUU y la UE. Ya no es ni siquiera una cuestión de justicia social, también de preservar el sistema social y de derechos europeo, ejemplo mundial hasta ahora, pues no deja ser paradójico que China anuncie que su vacuna es un “bien público mundial” mientras en occidente perpetúa un modelo farmacéutico ineficiente e injusto que pretende anteponer la economía de forma cortoplacista, mientras repite que es la zona del mundo con el mayor bienestar social y garantías de derechos.
AUTOR. David Larios –Abogado. Vocal de la Asociación por el Acceso Justo al Medicamento (AAJM)
«Muy
probablemente, la solución permanente a la crisis de la COVID-19 llegará con el
desarrollo y la distribución de una vacuna segura y eficaz contra el virus. Por
cada mes que se adelante su distribución, se salvarán vidas, puestos de trabajo
y miles de millones de euros[1]»
Partiendo de esta premisa la
Comisión Europea y los Estados miembros han concluido Acuerdos de Adquisición
Anticipada con la industria farmacéutica para garantizarse el suministro de
suficientes dosis de una vacuna segura y eficaz contra la COVID-19.
Esta apuesta por la compra
centralizada, en palabras de la Presidenta de la Comisión Europea «ha sido un experimento, una prueba para la
UE, y de su éxito dependerá no sólo la recuperación económica sino futuros
intentos de descargar responsabilidades históricamente nacionales en manos
comunitarias»[2]
Es mucho lo que está en
juego y la UE ha actuado con rapidez poniendo en marcha una estrategia de
compra centralizada inédita hasta la fecha. El procedimiento se iniciaba en
marzo de 2020, apenas declarada la pandemia, y culminaba pocos meses después
con la celebración de los contratos que permitían el inicio, a finales de año, del
suministro a los Estados miembros de las primeras vacunas autorizadas.
A la rapidez con la que ha
actuado la UE se suman otros efectos positivos de la estrategia de compra
centralizada de vacunas como son (i) la negociación conjunta para obtener
mejores condiciones; (ii) la actuación coordinada posibilita una distribución
equitativa de las dosis entre los Estados miembros y (iii) la diversificación
de la compra, mediante la adquisición de opciones amplias sobre futuros,
minimiza el riesgo de dependencia de los proveedores.
El instrumento
jurídico-económico elegido por la UE para formalizar su estrategia de compra
centralizada son los Acuerdos de Adquisición Anticipada (APA, por sus siglas en
inglés). Con los APA, diseñados a partir de la propuesta metodológica del
Premio Nobel de Economía en 2019 Michael Kremer, se pretende «reducir la incertidumbre» de las partes
en la contratación del suministro de vacunas en el escenario altamente complejo
en el que nos encontramos: «Las partes
comprenden que el desarrollo de una vacuna segura y eficaz es un proceso
extremadamente complejo y que dicha empresa entraña un riesgo de fracaso
elevado. Por tanto, el objetivo es concluir APA con los fabricantes de las
posibles vacunas más destacadas para maximizar las posibilidades de tener
acceso, al menos, a una vacuna satisfactoria»[3]
Los APA son
contratos anticipados en la medida en que: «contemplan
la fabricación, adquisición y suministro de una vacuna que, en el momento de
celebrarse el contrato ni se ha podido fabricar, ni se sabe si se podrá
producir, ni tampoco si su comercialización será autorizada. En suma, se trata
de un contrato sometido a una condición suspensiva, consistente en que la
vacuna llegue a fabricarse tras un proceso exitoso de investigación y ensayo, y
reciba las correspondientes autorizaciones públicas para su comercialización»[4]
Para ello, los Estados
adelantan a la industria importantes cantidades para financiar la
investigación, con lo que contribuyen a aumentar la velocidad y la escala de
fabricación al tiempo que se aseguran el suministro y evitan la puja al alza
que podría darse si actuasen por separado, adquiriendo el derecho y la
obligación de comprar un número «N» de vacunas en un plazo y a un precio
pactado. La industria, por su parte, ve reducido su riesgo de inversión en los
procesos de investigación y producción, y se asegura las ventas una vez
autorizada la comercialización de la vacuna en condiciones de certidumbre
previamente fijadas.
Ciertamente es pronto para
evaluar en qué medida los APA están cumpliendo estos objetivos y si el
equilibrio de las partes se encuentra garantizado por sus cláusulas y
condiciones, algunas de las cuales han provocado inquietud, cuando no abiertas
críticas, en sectores políticos, económicos y jurídicos.
El primero y quizá más decisivo de los problemas detectados sea el llamativo desequilibrio en la posición de las partes respecto a los derechos sobre el resultado de la inversión conjunta (pública-privada). Así, pese a que la UE habría invertido 15.900 millones de euros y los Estados miembros 7.200 millones de euros más, frente a la inversión privada de la industria que no alcanzaría los 3.000 millones[5], los APA no compensan esa financiación pública con ningún derecho sobre la propiedad intelectual ni garantía de licencias no exclusivas, sino que atribuyen la patente y el derecho de explotación de las vacunas finalmente autorizadas a los laboratorios titulares. De este modo la UE ha perdido la oportunidad de que las vacunas obtenidas gracias a una ingente inversión de dinero público sean consideradas un «bien público», o que al menos estén sujetas a licencias de explotación «no exclusivas», contribuyendo a un monopolio de producción y distribución limitada que conlleva una ralentización del ritmo de vacunación que cuesta vidas y millones de euros. Y ello en frontal contradicción con lo expresado en el propio preámbulo del Acuerdo citado al inicio, y también con la Resolución del Parlamento Europeo de 10 de julio de 2020, que animaba a la Comisión «a exigir en todas sus convocatorias para proyectos de financiación e inversión que los productos finales tuvieran licencias no exclusivas» y que «en las negociaciones con la industria la CE impulsara que la vacuna sea considerada bien público mundial».
Un segundo problema que
presenta el clausulado de los APA se ha puesto de manifiesto con motivo del
incumplimiento de una de las empresas contratistas de su compromiso de
suministro de las dosis inicialmente pactadas. Ante la situación de
desabastecimiento generada por la compañía AstraZeneca, que había entregado
menos del 10% de las dosis que tenía comprometidas, la Comisión dictó el
Reglamento de Ejecución UE de 29 de enero de 2021 prohibiendo al laboratorio la
exportación de vacunas fuera de la UE mientras se mantenga el incumplimiento.
Esta medida extraordinaria se acordó ante la inexistencia de un mecanismo
contractual de responsabilidad por incumplimiento, más allá de la simple
declaración de inexistencia de obligaciones contractuales con terceros que impidan
el cumplimiento del contrato, dado que en los Acuerdos las compañías no
adquieren una obligación de resultado, sino de medios. Es decir: los Acuerdos
no obligan a los laboratorios a fabricar y entregar «N» dosis en un plazo
concreto, sino a «hacer sus mejores
esfuerzos razonables» («best
reasonable efforts»); término indeterminado que el contrato con AstraZeneca
define, de forma aún más indeterminada si cabe, como «el grado de esfuerzo que una empresa de tamaño similar, con una
infraestructura de tamaño similar y recursos similares, emprendería o
utilizaría en el desarrollo y fabricación de una vacuna en la etapa pertinente
de desarrollo y comercialización, teniendo en cuenta la urgente necesidad de
disponer de una vacuna para poner fin a una pandemia mundial que está causando
graves problemas de salud pública y restricciones a las libertades personales y
económicas, pero sin perder de vista la eficacia y seguridad»[6].
Una vez acreditado que la empresa contratista, pese a haber hecho sus «mejores esfuerzos razonables», no puede
cumplir con la entrega de las dosis acordadas, debería notificarlo a la
Comisión y en tal caso la UE podría presentar a otra empresa (no titular de la
patente) que fuera capaz de fabricar y suministrar las vacunas. Pero aún ante
dicha propuesta el contratista no estaría obligado a compartir o ceder sus
derechos de explotación exclusiva, sino a hacer «sus mejores esfuerzos razonables» para llegar a un acuerdo con
dicha empresa a efectos de aumentar la producción. No se prevé consecuencia
jurídica para el caso de que tal acuerdo no se llegase a producir.
Otro de los aspectos más
criticados de los APA ha sido la falta de transparencia en la negociación y
finalización de los propios contratos, sometidos a cláusulas de confidencialidad
para la protección del secreto comercial de los laboratorios contratantes que
impiden conocer, entre otros elementos, el precio pactado por dosis, los plazos
de entrega y las consecuencias de su incumplimiento, así como determinados
aspectos no revelados de la responsabilidad jurídica por efectos adversos de
las vacunas. No fue sino en enero de 2021 cuando la Comisión dio acceso a una
versión parcialmente censurada del primero de los acuerdos firmado con el
laboratorio CureVac, previa conformidad de la compañía, en respuesta a la
presión ejercida por la Eurocámara, que llevaba meses exigiendo conocer su
contenido y denunciando la opacidad del proceso. Sin embargo, la publicación de
la versión parcial de los contratos no aminoró las críticas de los europarlamentarios
contra la falta de transparencia, al ser las empresas quienes deciden qué parte
de los contratos se puede leer y qué párrafos aparecen tachados. La
eurodiputada francesa Manon Aubury expresaba la opinión de su grupo político al
declarar que: «La lectura (parcial) del
contrato es angustiosa. La vacuna, fruto de la inversión pública, es propiedad
exclusiva de las grandes farmacéuticas. Las empresas son irresponsables si
ocurren efectos negativos. En resumen, privatización de ganancias, socialización
de pérdidas»
Precisamente el régimen de
responsabilidad jurídica por los efectos adversos que puedan provocar las
vacunas es otro de los aspectos más criticados de los APA. La cláusula en que
se regula esta materia consta de seis párrafos, de los cuales hay dos tachados
que no se pueden leer. De su contenido parcial se desprende que los
perjudicados por la administración de la vacuna podrán reclamar ante el
laboratorio titular, como viene siendo habitual en el campo de la
responsabilidad civil por productos defectuosos, pero que serán los Estados
contratantes quienes se harán cargo de las indemnizaciones que las compañías
deban satisfacer en caso de «reclamaciones
por muerte, lesiones físicas, mentales o emocionales, enfermedades,
discapacidad o miedo a lo anterior».
Es decir, que los Estados
que financiaron con dinero público buena parte de la investigación y el
desarrollo de las vacunas sin participación en el derecho de propiedad
intelectual, que adquieren con dinero público las dosis pactadas al precio
pactado, asumen también la responsabilidad final de satisfacer con dinero
público las indemnizaciones por efectos adversos derivados de su administración
a los ciudadanos. Un desequilibrio evidente en la posición de las partes que no
ha pasado desapercibida y ha sido objeto de fuertes críticas al considerar que
los Estados están sobre-financiando estas operaciones en tres momentos y por
tres conceptos sucesivos: pago por adelantado, pago por suministro y pago por
los efectos adversos. A lo que habría que añadir los costes que asume la
sanidad pública derivados de la morbilidad por retrasos en el ritmo de
vacunación debidos al incumplimiento de los plazos de entrega y dosis pactadas.
[1]
Anexo del Acuerdo entre la Comisión Europea y los Estados miembros sobre
vacunas contra la COVID-19. BOE núm. 211 (5 agosto 2020)
[2] Diario
El Mundo 10/02/2021 “La Presidenta de la Comisión Europea admite errores en la
estrategia de reparto de las dosis a los Estados miembros”
(http//:elmundo.es/internacional/2021/02/10/6023c41b21efa01f198b45d0.html)
[3]
Anexo del Acuerdo entre la Comisión Europea y los Estados miembros sobre
vacunas contra la COVID-19. BOE núm. 211 (5 agosto 2020)
[4] Sánchez
Lorenzo, Sixto A. “El advance purchase agreement (APA) entre AstraZeneca y la
Comisión Europea visto desde el Derecho privado”. Diario La Ley. UE. Núm. 90.
Marzo, 2021. Wolters Kluwer.
[5] BBC
News. 15/12/2020 “Vacunas contra el coronavirus: cuánto dinero pueden ganar
realmente las farmacéuticas con la inmunización”
(http/:bbc.com/mundo/noticias-55293057)
[6] García
Vidal, A. “Los acuerdos de adquisición anticipada de vacunas contra la COVID-19
firmados por la Comisión Europea”. Análisis Farmacéutico. Febrero 2020. Gómez
Acebo y Pombo.
AUTORA. Vanessa López, directora de Salud por Derecho
Mientras en los países ricos se
está vacunando contra la COVID-19 a una persona cada segundo, en 47 de los 79
países más pobres aún no se ha administrado ninguna dosis. Después de un año de
pandemia este es el triste balance si miramos grosso modo el ritmo de
vacunación en todo el planeta. Pero las previsiones sobre cómo será el acceso a
las vacunas en los países empobrecidos durante los próximos meses tampoco dejan
buenas noticias: solo una de cada diez personas podrá ser vacunada en 2021,
según datos de People’s Vaccine Alliance.
En la otra cara de la moneda están los países ricos [1]con
Israel a la cabeza en el porcentaje de población vacunada, seguido de Emiratos
Árabes, Chile y Estados Unidos. Europa, a pesar de haber hecho fortísimas
inversiones de dinero público en las vacunas (1.500 millones de euros para
impulsar su I+D y 27.000 millones en los acuerdos de compra avanzada), se
encuentra bastante rezagada en el ritmo de vacunación en comparación con los
países mencionados. Sin embargo, intentar entender a qué podría deberse esta
diferencia y analizar la estrategia general seguida por la EU para impulsar la
búsqueda de una vacuna y asegurar su suministro en los países miembros o los
procesos de negociación y contratación con las compañías farmacéuticas sería
motivo de otro artículo.
En cualquier caso, estamos
asistiendo a un acaparamiento de un producto sanitario sin precedentes: los países ricos
han comprado más de la mitad del suministro de vacunas del mundo, a pesar de
que solo representan el 16% de la población mundial, según un estudio de la
Universidad de Duke, y podrían vacunar 2,6
veces a su población. Esta actitud no es sólo cuestionable desde el
punto de vista ético y moral, sino también como medida de salud pública, pues
sólo acabaremos con la pandemia si avanzamos todos los países al unísono y
evitamos las desigualdades en el acceso a las vacunas. Una
proyección[2]
realizada por la Northeastern University de Boston y otras universidades
norteamericanas afirma que, si los primeros 2.000 millones de dosis de vacunas
se distribuyeran en proporción a la población de los países, la mortalidad
mundial podría reducirse en un 61%. En cambio, si los 47 países más ricos
acaparan las dosis, la reducción será solo de un tercio.
Por otro
lado, también resulta inquietante que, a pesar de que ya han fallecido 2,6
millones de personas[3] en todo el mundo a causa
de la COVID-19, su altísimo impacto en las economías y de la dolorosa
experiencia que tenemos con otras pandemias, especialmente la del VIH/SIDA,
donde la falta de acceso a los tratamientos en los países pobres ha provocado
la muerte de millones de personas durante décadas, las acciones que están
tomando los líderes mundiales son totalmente insuficientes. Si entonces el
problema era el elevadísimo precio de los medicamentos antirretrovirales para
el VIH (10.000 dólares por paciente y año), hoy, además, el cuello de botella
está en los problemas de producción y suministro que tiene como consecuencia el
que no haya dosis suficientes para abastecer a la población mundial. Y el
problema de fondo es el mismo: la protección de la propiedad intelectual en la
que se basan los monopolios permite a las compañías farmacéuticas fijar los
precios a su antojo y tener la exclusividad de la fabricación y
comercialización de las vacunas. En definitiva, tienen en control, y esto
ocurre a pesar de que las inversiones[4] públicas
de los estados han sido importantísimas. Las consecuencias, como hemos visto,
son la desigualdad en el acceso en los países más pobres, pero también nos
afecta a los países ricos, como España, pues impide que podamos avanzar más
rápido en los planes de inmunización.
COVAX: un mecanismo de
solidaridad insuficiente
En la primavera del año pasado se
puso en marcha la plataforma COVAX con el fin de impulsar la búsqueda de una
vacuna efectiva contra la COVID-19, fomentar una suerte de coordinación global
en la compra y distribución equitativa, así como crear un mecanismo común de
donaciones de vacunas a los países de medios y bajos ingresos. Sin embargo, esta
iniciativa ya surgió con un defecto de partida: los países receptores de las
donaciones solo podrían acceder, a través de este mecanismo, a un número máximo
de dosis como para inmunizar al 20% de su población (mientras que la inmunidad
de grupo se alcanzaría vacunando al 70% de la población). Los datos que dan
cuenta del funcionamiento de COVAX tampoco son nada halagüeños: las vacunas
disponibles a fecha de hoy para donar a los países pobres sólo alcanzarían al
3,3% de su población. Es cierto que los países de medios y bajos ingresos
tendrían otras vías para adquirir vacunas por si mismos, al margen de programas
de solidaridad, pero las compañías farmacéuticas están imponiendo condiciones
imposibles en los contratos, tal y como ha denunciado el director ejecutivo del
Banco Interamericano de Desarrollo. Eso sin contar con el problema del
acaparamiento de vacunas por parte de los países ricos antes mencionados. Necesitamos
que se tomen medidas efectivas, y no parches, que permitan ampliar la capacidad
de producción en todo el mundo.
Una solución de emergencia: la exención a las patentes
Llegados
a este punto, nos parece que la solución más efectiva es la propuesta que India
y Sudáfrica han hecho en el seno de la Organización Mundial del Comercio
(OMC) para acordar una exención de las patentes relacionadas con las
tecnologías de la COVID-19 mientras dure la pandemia y se alcance la inmunidad
global. Esta medida, que facilitaría la posibilidad de compartir la propiedad
intelectual y el know-how, evitaría los monopolios y eliminaría la inseguridad
jurídica, permitiendo la libertad de operar a los fabricantes y favoreciendo
una colaboración que aumente y acelere la producción y asequibilidad de las
vacunas, diagnósticos y tratamientos para la COVID-19 en todo el mundo.
Lo
cierto es que, a pesar de que la industria farmacéutica ha puesto el grito en
el cielo por esta propuesta, existe un antecedente histórico: en 2001, en plena
pandemia del VIH/sida, los estados llegaron a un consenso para acordar una
exención relacionada con el párrafo 6 de la Declaración de Doha sobre el
Acuerdo sobre los ADPIC y la salud pública. La exención estableció un mecanismo
para permitir a los países que producían medicamentos genéricos bajo una
licencia obligatoria suministrar los fármacos a otros países que carecían de la
capacidad de fabricación necesaria para producirlos ellos mismos. Si en esta
ocasión la iniciativa saliera adelante, un reto también sería reforzar la
capacidad de producción, especialmente en los países pobres.
La
propuesta cuenta con el apoyo de 99 de los 164 países de la OMC. Sin embargo,
países como Japón, Noruega, Suiza, Reino Unido, Estados Unidos y la Unión
Europea están en contra. La presidenta de la comisión europea Von der Leyen, ha
manifestado, preguntada en una rueda de prensa reciente por este tema, que no
descarta nada. Esta posible nueva actitud, aunque podría ser tan solo un
brindis al sol, abre un resquicio el fuerte bloqueo que ha mostrado la Unión Europea,
por lo que se hace necesario un debate urgente, profundo y al más alto nivel en
el Consejo de Ministros de Salud de la UE y en el propio Consejo de la UE. Esta
cuestión se seguirá debatiendo en los próximos meses y esperemos que los
líderes europeos reconsideren su posición y decidan proteger el interés
general y no el de las empresas farmacéuticas.
[2] Matteo
Chinazzi , Jessica T. Davis , Natalie E. Dean , Kunpeng Mu , Ana Pastore y
Piontti1 , Xinyue Xiong, M. Elizabeth Halloran, Ira M. Longini Jr. , Alessandro
Vespignani. Estimating the
effect of cooperative versus uncooperative strategies of COVID-19 vaccine
allocation: a modeling studyhttps://www.mobs-lab.org/uploads/6/7/8/7/6787877/global_vax.pdf
[4]
Según MSF Access Campaign, los gobiernos han
invertido 10.000 millones de dólares en I+D de vacunas y ensayos clínicos y
fabricación de las seis potenciales candidatas vacunas de la COVID-19
desarrolladas por AstraZeneca / Universidad de Oxford (más de 1.700 millones de
dólares) Johnson & Johnson / BiologicalE (1.500 millones de dólares),
BioNTech (500 millones de dólares), GlaxoSmithKline / Sanofi Pasteur (2.100
millones de dólares), Novavax / Serum Institute of India (casi 2.000 millones
de dólares) y Moderna / Lonza (2.480 millones de dólares).
AUTOR. Juan José Rodríguez Sendín. Presidente de la AAJM. Médico de Familia. Master en Administración de Servicios Sanitarios. Presidente de la OMC 2009 – 2017. Presidente de la Comisión Deontológica del ICM Toledo y vocal de la Comisión Nacional de la OMC. Vicepresidente de la Confederación LatinoIberoamericana de Entidades Médicas (CONFEMEL).
El principal objetivo y preocupación de la AAJM tiene una gran componente moral, reivindicamos que todos los ciudadanos, tras la injusta distribución de la riqueza y unos sistemas públicos de salud cada vez más debilitados e intervenidos por los intereses mercantiles, tengan acceso justo a los medicamentos necesarios para preservar su salud.
La aparición de la revista AAJM es un motivo de gran satisfacción y
alegría para todos los que creemos posible mejorar el acceso universal y justo
al medicamento. El espacio estaba vacío, parece que estaba esperando a nuestra
joven Asociación. Es de alegría en tanto que supone un rito de paso en aquel
proyecto que ya hace 5 años iniciamos, creyendo que un mundo mejor es posible o
al menos evitar su deterioro. Vivimos tiempos vertiginosos. La
crisis económica y las políticas presupuestarias de estabilidad propiciaron
desde el 2009 medidas de reducción en los programas sociales de España, que no se han desarrollado paralelamente con
políticas de ajuste eficaz sobre el gasto en medicamentos, especialmente sobre
los precios de las moléculas más novedosas. Por si fuera poco, aparece el
COVID19 y complica muchísimo más la situación y con ella las amenazas y las
situaciones abusivas que utilizan y especulan con la necesidad urgente de
responder contra la Pandemia y proteger a todos con vacunas y medicamentos de
forma justa. Lo que predomina es la lógica de los mercados y la incapacidad de los
gobiernos para controlarlos eficazmente, permitiendo precios y ganancias
abusivas de la IF.
Apenas 300 personas tienen más renta que el 40% de la humanidad. 1200
millones de seres humanos viven con menos de un dólar al día. Han vuelto a
aparecer enfermedades que se creían desterradas. Que podemos decir de la actual
pandemia que nos asola, tanto por las muertes que causa la enfermedad como por la
pobreza que provocan, en parte ocasionada por los gastos sanitarios que la
misma origina. El “si Dios ha muerto todo está permitido” de Dostoievski lo ha
hecho cierto un sistema económico que convierte en mercancías y dinero todo lo
que toca. Y esto es precisamente lo que ocurre con la actual pandemia. Mientras
una buena parte del mundo se retuerce de dolor, miedo y sufrimiento, las
grandes industrias farmacéuticas (IF) y sus dueños pretenden extraer de ellos
el máximo beneficio posible, aunque ello suponga incrementar más y más la
gravedad de los riesgos en los que la humanidad esta sumida. Utilizan para ello
su gran justificación que le ofrecen las prerrogativas de las patentes sobre
sus moléculas de medicamentos y la manida y falsa disculpa de que necesitan
esas ganancias -sin límites- para investigar. Ocurre al contrario, las
expectativas de grandísimos beneficios en torno a una nueva molécula
desaconsejan la investigación en otras para atender aquellas necesidades de
salud que ofrecen menos oportunidades de negocio. Por ejemplo, enfermedades
raras o antibióticos. El establecimiento de las patentes y su regulación actual
constituyo una maldita decisión que impuso la OCDE, gobernada por los intereses
económicos mas importantes del mundo, que España acepto en 1986. Hoy constituye
un extraordinario problema de salud para buena parte del mundo.
Justicia y libertad … son palabras de uso
cotidiano. La cuestión está en el significado que se les otorga y el compromiso
que suponen. En la AAJM el compromiso con la justicia distributiva para poder
ofrecer más libertad supone atender, sin discriminación de ninguna naturaleza,
las necesidades de salud de los pacientes, con los valores de la ética médica,
el humanismo asistencial y las competencias profesionales más apropiadas. La
prestación farmacéutica es un elemento esencial de la asistencia sanitaria. El
insumo farmacéutico representa el mayor valor de los activos que se consumen en
la “industria de la salud”. No solo suponen entre el 25 y el 30% del
presupuesto sanitario de cada Comunidad Autónoma, además se estima que una
tercera parte del medicamento consumido no está justificado, está
contraindicado o es mal utilizado. Es decir hace daño e incluso puede ser causa
de muerte
Las
progresivas presiones y amenazas que sufre el ejercicio de la medicina, por
agentes externos a la misma vinculados a la IF, hacen imprescindible que la
medicina y los médicos nos detengamos a meditar, sobre la situación y los
cambios habidos en la misma. Estos cambios provocan respuestas desviadas del
centro o núcleo fundamental de la práctica médica y de sus fundamentos, el bien
del paciente y la necesidad sanitaria. Quien haya leído “Un mundo feliz” de Aldous Huxley escrita en 1932 o “1984”
de George Orwell, escrita entre 1947-1948, comprobara que ambas son distopias o
utopías negativas trazadas hace 7 décadas. Pero también que hace tiempo se instalaron
entre nosotros. La máxima pena ideada por el Big Brother de Orwell es castigar
a cada ciudadano con lo que más le aterra individualmente. Y es el caso que
sufren los
Sistemas Públicos de Salud que con la colaboración de parte de la profesión
médica, se convierten en sus propios verdugos al permitir y pagar un
sobreprecio de los medicamentos. Por un lado, absorben recursos sociales
disponibles, disminuyen la capacidad de respuesta del SNS a las necesidades de
salud de los pacientes, entregando así a los seguros privados a la población
mejor situada económicamente. Y ese sobreprecio responde a un uso abusivo y sin
control de las prerrogativas que ofrecen las patentes de los medicamentos y
productos sanitarios. Es decir, aceptan, toleran y no reaccionan ante una
situación que se vuelve contra ellos cronificando una espiral progresiva de
insuficiencia económica y dependencia externa
Y esas causas convierten a buena parte de la profesión en su
propio agente de destrucción pues un buen porcentaje de esas ganancias abusivas
de la IF se dedican a propaganda y compra de voluntades en el sector, lo que a
su vez determina las conductas y respuestas clínicas y con ellos un incremento
en número de unidades prescritas y limitación de la capacidad de respuesta profesional.
En suma, un incremento injustificado del gasto sanitario, que por ejemplo disminuye
o impide por imposibilidad presupuestaria mejorar las condiciones laborales de
los profesionales, menos aún que estos actúen con espíritu crítico a la hora de
revisar sus propias conductas. No existe transparencia ni en las decisiones
sobre el establecimiento de los precios de los medicamentos, ni tampoco sobre
los conflictos de interés de las personas que forman parte de las comisiones
implicadas en dichas decisiones. Con un absoluto descaro, los órganos de
supervisión y control cada día están más mediatizados por los intereses
industriales. Tanto que supone una desvergüenza observar a sus componentes y
las relaciones de alguno de ellos con los intereses de la IF.
Garantizar la sostenibilidad a medio plazo del SNS será posible si
la prestación farmacéutica es accesible, de calidad y utilizada de modo
racional y económicamente eficiente. Es urgente recargar con valores éticos
ejemplares los comportamientos de los dirigentes políticos, y profesionales.
Pero también realizar, junto con la limpieza y transparencia absoluta de los
órganos reguladores y asesores de la Administración Sanitaria, una actuación
integrada en el ámbito regulador, asistencial y de gestión, para poder
responder a las necesidades y preferencias responsables de los pacientes y usuarios,
así como defender y proteger los intereses del SNS como bien público de primera
magnitud.
La pandemia que sufrimos ha hecho
aflorar en buena parte de la sociedad lo mejor, pero en otra sale con fuerza el
egoísmo y la avaricia, olvidando que la solidaridad, la cooperación y
convivencia entre todos son las únicas soluciones validas contra la terrible
crisis que sufrimos, e incluso de provecho a medio plazo para los intereses
egoístas instalados en nuestra sociedad. Las únicas respuestas validas, que
obligaran a realizar cambios radicales alejados de largos documentos de consenso
llenos de buenas intenciones, son las respuestas colectivas, el que la sociedad
civil se organice conozca, estudie, informe, defienda, acuse, exija y obligue a
que se respeten sus derechos. Y ese es el modo de trabajar que hemos decidido
en la AAJM, revisar, estudiar, publicar y denunciar para que la población
conozca las situaciones que les afectan en relación con el cuidado de su salud.
No podemos pensar, a riesgo de quedarnos anclados en la angustia, que
lo que nos ocurre sólo nos pasa a nosotros debido a nuestra mala suerte, a
nuestra mala preparación, a nuestra falta de esfuerzo. Siempre hay
alternativas. Las patentes se han convertido con el tiempo
en el sistema más perverso de trasvase de dinero público a las arcas privadas y
en consecuencia de retirada de recursos en prestaciones sociales y sanitarias
para aquellos que las precisen, y así son la principal causa de los graves
problemas de acceso a medicamentos esenciales en países pobres y de la hiper medicación
que ocurre en los países ricos Es un sistema perverso que genera problemas
de acceso y de exceso simultáneamente, perjudicando a millones de pacientes y
causando un enorme gasto innecesario. Como digo constituye el sistema más
perverso de transferencia de dinero público a arcas privada sin el beneficio
correspondiente para la ciudadanía.
¿Podemos
cambiar esta situación, o es inevitable? Claramente se puede cambiar. Es
difícil, pero hay que intentarlo convencidos de que es posible lograrlo para
conseguir un mundo mejor o al menos que el actual frene su deterioro. Y eso es
precisamente el objetivo de nuestra Revista por un AJM analizar, repasar y
estudiar, desde una visión científica y profesional todas las concausas de lo
mencionado y sus posibles soluciones, porque las hay. Y ordenadamente ponerlas
a disposición de la ciudadanía sanitaria.
• BienvenidadelaAAJM: Juan José Rodríguez Sendín. Presidente de la AAJM. Ver
• Presentación, moderaciónydirección: Soledad Cabezón Ruiz. Exeurodiputada. Ponente de Informe del Parlamento Europeo “Medidas para mejorar el acceso a los medicamentos en la UE”. VER
MesadeDebate,
• Juan Ignacio Ponce. Diputado y portavoz adjunto del Grupo Compromís en las Cortes Valencianas. VER
• Rosa Medel. Diputada Nacional en el Congreso de los Diputados por el Grupo Unidas Podemos. VER
• Nicolás González Casares. Eurodiputado en el Parlamento Europeo por el Grupo Socialistas y Demócratas. VER
El artículo analiza las consecuencias de la
crisis sanitaria, social y económica que está provocando la pandemia por
coronavirus desde una perspectiva de género y propone 18 medidas a implantar
para minimizar los efectos de la pandemia en las mujeres y para avanzar en
igualdad entre los hombres y mujeres hacia una sociedad más justa y productiva.
De forma general viene a concluir que “El
capitalismo ha colocado un peso aplastante sobre los hombros de la mujer: la ha
convertido en asalariada sin haber reducido sus tareas como ama de casa o
madre”.
Analizar críticamente la pandemia y su gestión a
nivel mundial es un ejercicio de reivindicación de la lucha por la igualdad entre
hombres y mujeres. Durante esta crisis se ha visibilizado la división desigual
del trabajo y roles sociales de hombres y mujeres, así como las consecuencias
en la situación, sanitaria, económica y social de las mujeres.
Las mujeres, que ocupan mayoritariamente los
ámbitos sociosanitarios y responsabilidad doméstica, así como la economía
informal, trabajos menos valorizados, han sido las protagonistas de la lucha
directa contra la pandemia y también de sus consecuencias. La mayor precariedad
laboral y el rol social de los cuidados familiares incrementados durante esta
crisis ha desembocado en una mayor brecha salarial, mayor sobrecarga de trabajo
informal y de cuidados domésticos sin poder gestionarlos al no ocupar los
órganos de toma de decisión.
“De acuerdo con las Naciones Unidas (ONU),
algunas estimaciones indican que las mujeres representan el 67% de la fuerza de
trabajo mundial en atención de la salud. Las mujeres también constituyen la
mayoría en el sector de limpieza y particularmente en el trabajo social (90%).”
“Según la Organización Mundial de la
Salud (OMS), el 69% de las organizaciones mundiales de la salud están
dirigidas por hombres, solo 20% tienen paridad de género en sus juntas
directivas y el 25% ha alcanzado paridad de género en los puestos directivos
superiores”.
“La OMS
también demostró que mientras las mujeres en este sector trabajan más horas,
se les paga 11% menos que a los hombres.”
Pero la precariedad laboral y social no sólo ha
supuesto a merma de derechos económicos y laborales, sino también en el ámbito
de la salud de las mujeres, todo para las mujeres que ocupan sectores de
trabajo informal sin poder acogerse a un ERTE y que la necesidad económica, les
ha obligado a exponerse para ir a trabajar, en la mayoría de los casos haciendo
uso del transporte público.
Desde el punto de vista de la salud, también se
ha producido un incremento de la violencia contra las mujeres que se han encontrado
más indefensa y vulnerables ante sus agresores.
“Un informe reciente de Oxfam (2020) muestra
que las mujeres son responsables por 75% del trabajo de cuidado no remunerado
realizado en el mundo. Eso es más de 12.500 millones de horas que las mujeres
y niñas alrededor del planeta gastan haciendo este tipo de trabajo cada año.
De acuerdo con el informe, esto equivale a aproximadamente 10,8 billones de
dólares de trabajo de cuidado no remunerado al año que subsidia la economía
global, lo que equivale a tres veces el tamaño de la industria tecnológica.”
No obstante, la desigualdad entre hombres y
mujeres no afecta a clases sociales y económicas más desfavorecidas, sino que
se trata de una problemática transversal dependiente de una concepción concreta
de los roles de hombres y mujeres y del propio mundo y su organización social,
cultural y económica, “Después de que se implementaran las medidas de
confinamiento en diferentes partes del mundo, los equipos editoriales de las
publicaciones científicas informaron una fuerte disminución en los envíos de
artículos por parte de académicas a nivel mundial, mientras que los
artículos enviados por académicos aumentaron en casi un 50%.”
Este modelo socioeconómico desigual se atribuye
al neoloberalismo y su concepción del individuo como responsable de su destino
en detrimento del papel del Estado como garante de la igualdad de derechos y
oportunidades, especialmente a través del Estado del Bienestar, el cual se ha
ido minimizando y debilitando mediante las políticas de austeridad.
Las políticas públicas y el papel del Estado son
entendidas como cruciales para eliminar las barreras y obstáculos que impiden
alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres y superar la consideración injusta
de “normal” o “natural” de las discriminaciones que sufren las mujeres. La
situación postpandemia va a requerir de una organización social y económica
diferente a la que nos ha traído hasta aquí y su diseño obliga a un ejercicio
de análisis de crítica constructiva que permita avanzar hacia una sociedad más
justa, igualitaria y próspero, para lo que la igualdad entre hombres y mujeres
es un objetivo irrenunciable.
“La crisis de covid-19 puede resignificar el
valor del trabajo y la importancia de las vidas de esas mujeres que cuidan de
la reproducción y mantención de toda la sociedad. Debemos reconocer y
remunerar este trabajo invisible, comprendiendo que todas las personas tienen
derecho a ser cuidadas. Eso implica avanzar en un proceso de
desmercantilización y desfamiliarización del cuidado, para que el acceso a
las prestaciones del cuidado deje de ser un privilegio de unos pocos y se
convierta en un derecho humano. “
Finalmente, no se puede obviar la importancia de
la salud pública que ha evidenciado que esta crisis sociosanitaria con una
visión comunitaria de la salud y no individualista, donde los determinantes de
la salud juegan un papel clave en el bienestar vital que implica la salud como
medio para alcanzarlo y no como el objetivo de un sistema de atención biomédica
de la enfermedad.
La salud no es solo una cuestión individual,
es un proceso complejo y socialmente determinado. Este aspecto a menudo se deja
de lado en el debate sobre la salud pública, que se centra, en cambio, en las
perspectivas biomédicas que reducen los problemas de salud, las estrategias de
prevención y los procesos de tratamiento al nivel individual.
18 MEDIDAS:
1. Asegurar que las medidas que exigen los
movimientos ante el coronashock se pongan a disposición de todas las personas,
prestando especial atención a las que están sistemáticamente más excluidas
de esa ayuda (…):
a. Cancelar el pago de facturas de servicios
públicos como electricidad, agua, internet y alquileres mientras dure la
pandemia. Garantizar que no se acumularán deudas por falta de pago.
b. Distribuir suministros de higiene personal
(incluidas mascarillas y desinfectante de manos) de forma masiva.
c. Congelar los precios de suministros esenciales de
limpieza, productos de higiene y productos alimenticios saludables, como
granos, verduras y carne, de acuerdo con las especificidades culturales de cada
país.
d. Asegurar el derecho a vacaciones remuneradas a
todos los trabajadores; garantizar que no haya pérdida de ingresos o de
derechos.
e. Proporcionar asistencia económica —de al menos
un salario mínimo— a los trabajadores informales y a loss trabajadores por
cuenta propia.
f. Poner bajo control público las instalaciones y
estructuras sanitarias privadas para luchar contra la covid-19. Ampliar la capacidad
del sistema de salud al servicio de la gente.
g. Adoptar medidas de emergencia para resolver la
crisis de abastecimiento de agua en cada región y garantizar el acceso
público.
2. Garantizar total transparencia de información y
datos sobre la evolución de la pandemia y sobre las medidas gubernamentales de
cada país (desagregados por sexo, edad, ingresos, orientación sexual,
identidad de género y región, siempre que sea posible).
3. Incluir a las mujeres en posiciones de liderazgo
en los movimientos populares para los procesos de toma de decisiones sobre
iniciativas de respuesta y recuperación de las crisis actuales.
4. Exigir que los gobiernos realicen campañas para
alentar a hombres y mujeres a compartir las tareas domésticas por igual, de
modo que las mujeres no tengan que asumir la mayor parte de la carga de las
tareas domésticas.
5. Aumentar la inversión pública a largo plazo
para
el bien público, en áreas como la protección social, las pensiones, la
atención de salud pública y universal, el cuidado público gratuito de lxs
niñxs, entre otras acciones que afectan directamente a las mujeres.
6. Los paquetes de ayuda y estímulo financiero de
los gobiernos deben incluir medidas de protección social que reflejen la
comprensión de las circunstancias especiales de las mujeres y el
reconocimiento de la economía del cuidado.
7. Garantizar un ingreso mínimo para las mujeres y
los hogares que realizan varias formas de trabajo de cuidado esencial (incluido
el trabajo doméstico), especialmente los que tienen personas dependientes.
8. Distribuir canastas de alimentos para las
familias con niñxs en los lugares donde las guarderías y escuelas están
cerradas.
9. Exigir intervenciones de salud esenciales para
proteger la salud de todas las personas, prestando especial atención a las
personas marginadas: pobres, trans, migrantes, racializadas, ancianxs y con
discapacidades. Esos servicios incluyen servicios de salud mental, medicamentos
para el VIH/SIDA, tratamiento del cáncer, etc.
10. Garantizar que las comunidades marginadas,
incluidas las que no tienen acceso a la documentación oficial —en particular
personas pobres, trans de clase trabajadora y migrantes— reciban servicios de
ayuda. Garantizar la prestación oportuna de socorro de emergencia, como una
renta básica universal, la distribución de alimentos y otros servicios que se
exigen en esta lista.
11. Exigir que el gobierno proteja de la
discriminación a las diversidades sexo genéricas y a todas las personas
marginadas, en el marco de las políticas destinadas a luchar contra la
covid-19, como las políticas que solo permiten a los hombres o las mujeres
salir de su casa en determinados días.
12. Despenalizar el trabajo sexual, proporcionar
asistencia y alimentos, proporcionar alojamiento de emergencia
a las personas de las diversidades sexo genéricas sin
techo y apoyar a las comunidades de personas migrantes e indocumentadas en sus
esfuerzos por acceder a los servicios esenciales para su supervivencia.
13. Garantizar como servicios esenciales líneas
telefónicas de urgencia y otros canales y servicios de comunicación de acceso
público para todas las víctimas de la violencia patriarcal.
14. Exigir que los gobiernos asuman la
responsabilidad de divulgar los números de las líneas telefónicas de auxilio
y de canales de comunicación de acceso público por medio de servicios
automatizados, mensajes de texto, folletos en el transporte público, vallas
publicitarias, anuncios en espacios públicos y en los periódicos, etc., para
que quienes los necesitan conozcan sobre los servicios.
15. Los gobiernos deben poner a disposición
instalaciones de asesoría para las mujeres, personas marginalizadas, pobres,
las diversidades sexo genéricas, migrantes, personas racializadas, ancianxs y
personas con discapacidad en situación de vulnerabilidad y/o víctimas de violencia.
16. Exigir que los gobiernos ofrezcan a las mujeres
que luchan contra la violencia doméstica refugios alternativos, seguros y
cómodos durante la pandemia, como habitaciones de hotel y edificios vacíos, y
que proporcionen la protección y la seguridad necesaria en esos lugares.
Asegurar la continuación de esos servicios a largo plazo para satisfacer la
necesidad preexistente de tales servicios.
17. Construir redes de solidaridad y ayuda colectiva
que, respetando el distanciamiento físico, luchen contra el individualismo y
la violencia. Crear grupos de derechos de las mujeres y campañas informativas
de barrio sobre planes de emergencia para mujeres y niñxs en situación de
violencia doméstica. Crear equipos para cuidar de las niñxs en barrios de
mayor vulnerabilidad social.
18. Movilizar a los trabajadores de la salud para
ayudar a su comunidad, apoyar a las trabajadoras de la economía popular y
asegurarse de que se les da el pago adecuado y el equipo de protección.
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