ORIGINAL. Revista 50, Septiembre 2026.
Luis Montiel.
Catedrático jubilado de Historia de la Ciencia.

Cincuenta números de esta revista: cincuenta mochilas de supervivencia cargadas de análisis de situación, de desvelamientos, de llamadas de alerta, de debate, de combate, de responsabilidad, de solidaridad, de antídotos contra el silencio ignorante o culposo, o -lo que es peor- ignorante y culposo; cincuenta pequeños, pero dignísimos fragmentos de historia del presente en los que he tenido la fortuna, el honor y la alegría de participar en la medida en que he sido capaz. Estamos -yo también- de celebración.
Honderos, como poéticamente dice nuestro Fernando Lamata, convencidos de la necesidad de manejar nuestras anticuadas armas frente a misiles hipersónicos, porque lo que de nada sirve es bajar los brazos. Cada artículo de AJM, además de un recurso para la supervivencia propia y ajena, es un pequeño proyectil de honda, semejante a esos que pueden verse en algunos museos, con vocación no de muerte, sino de acertar en el punto ciego de la armadura por el que pueda llegar a bloquearse la poderosa máquina de destrucción que nos enfrenta, a la que nos enfrentamos. Vana esperanza, según muchos. ¿Para qué poetas en tiempos de miseria?, se preguntaba Hölderlin, a medias retórica, a medias melancólicamente, pues tenía su respuesta, aunque sabía que pocos estaban dispuestos a aceptarla.
Pero fue poeta, y quienes orbitamos en torno a la Asociación por el Acceso Justo al Medicamento, los honderos, no vamos a dejar de ser lo que pensamos que nos corresponde, que “nos toca”, en más de un sentido. Los plomos lanzados por estas hondas alcanzarán o no su objetivo, pero habrán sido lanzados porque así había de ser. Los de antaño, aquellos que el tiempo ha preservado y pueden contemplarse en los museos, dan testimonio de la parte de la historia en la que desempeñaron un papel. Con las palabras ocurre algo parecido, pero su alcance es aún mayor. No escribimos ni hablamos para que nuestras palabras nos permitan pasar a la historia, ni siquiera para que queden como mero documento de lo que hicimos o pretendimos hacer. Claro que darán testimonio de cómo fue, en el mundo de la atención a la salud, el tiempo en que fueron escritas o pronunciadas, lo que seguramente ya es algo. En su magnífica novela La muerte de Virgilio Hermann Broch hace decir a su protagonista: “la palabra pronunciada en el mundo queda”. Pero nuestra aspiración va más lejos, como el proyectil lanzado por la honda, que no se conforma con viajar hacia el futuro para ser visto como mera reliquia (re-linquere: dejar atrás): las palabras circulan, y lo hacen a través de los seres humanos que las pronuncian o que leyéndolas las comparten. ¿Serán, más bien, como el agua que circula por los cauces de la tierra desgastando, sin violencia, las aristas de las rocas hasta dotarlas de apacibles formas redondeadas?
No me permitiré demasiado optimismo. El mismo Broch, su mismo Virgilio, sabían también que la lucha de la palabra creadora podía sucumbir en medio de “la selva de las voces”. Pero, como dictaminó Camus en La peste – ¡este Montiel, siempre mezclando con todo la literatura! – “ese no es motivo para dejar de luchar”.
¡Felices cincuenta números, AJM!
