ORIGINAL- Revista nº 50- septiembre 2026.
Juan Luis Beltrán Aguirre.
Presidente del Consejo de Transparencia de Navarra.
Parafraseando a Norberto Bobbio, la democracia no es otra cosa que la gestión de lo público
en público. Y, en efecto, solo cuando la actuación de los responsables y gestores públicos se
sujeta a una supervisión de la sociedad a la que sirve, rindiendo cuentas de su actuación, es
cuando se puede hablar de democracia avanzada y participativa.
Sin embargo, para hacer realidad una democracia avanzada y participativa no basta con la
existencia de leyes de transparencia y de buen gobierno, pues las leyes por sí solas no tienen
efectos taumatúrgicos; no son una varita mágica que, con su mera promulgación, haga que las
Administraciones y Entidades públicas se vuelvan transparentes y sus mandatarios observen
los principios de ética y reglas de conducta propios de un buen gobierno. Con la promulgación
de la Ley 19/2013, de 9 de diciembre, de Transparencia, la transparencia en la gestión pública
se puso de moda en todos los foros, pero la palabra “transparencia”, tras haber sido invocada
en exceso, pero sin resultados efectivos, hoy está en gran medida devaluada en su significado
político-administrativo y, por ende, ha perdido parte del atractivo que suscito en 2013 la
promulgación de la ley.
Además de una buena legislación que la sustente, es imperioso educar y sensibilizar a los
políticos y altos cargos de la Administración en el valor de la transparencia, y también a la
ciudadanía para que con una actitud proactiva ejerza su derecho constitucional a saber
visitando habitualmente los portales de transparencia de las entidades y organismos públicos y
solicitando el acceso a aquella información o documentos públicos sobre programas, medidas
y actuaciones que afecten a su vida cotidiana, como en el ámbito de la salud es el caso de la
gestión de la salud pública, de la asistencia sanitaria o del acceso a los medicamentos, a fin de
colaborar con los gobernantes y gestores públicos para procurar que las decisiones que
adopten sean acordes con los intereses generales.
Empero, todavía se observa en nuestros políticos una falta de motivación entendida como la
ausencia de una convicción profunda sobre la importancia de la transparencia en un sistema
democrático avanzado. A los políticos y altos cargos de la Administración la transparencia les
incomoda. Consideran la información como algo propio -la información es poder- y se resisten
a facilitarla. Les preocupa parecer transparentes, no serlo realmente. Son frecuentes
declaraciones públicas o notas de prensa que ofrecen una información insuficiente o
manipulada, En el ámbito de la sanidad buenos ejemplos son el maquillaje de las listas de
espera, la gestión de la pandemia del Covid-16 o la reciente crisis sanitaria de la ciudad de
Ceuta. Ha primado la voluntad de aparentar, nada más. Se desenvuelven más cómodos en la
opacidad.
Después de trece años de vigencia de la citada Ley 19/2013, de 9 de diciembre, de
Transparencia, su aplicación durante estos años no ha dado todos los frutos que cabía esperar,
en buena medida debido a las propias carencias de la ley y a la poca voluntad de aplicarla.
Indudablemente, en estos años se ha avanzado bastante en transparencia, pero, con todo, no
es exagerado afirmar que la situación actual de la transparencia de la gestión pública en
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nuestro país es todavía mediocre. Ha habido avances, como, por ejemplo, dotarse las
Administraciones y Entidades de portales de transparencia, aunque, en general, sin abrir al
público las bases de datos internas, pero también retrocesos como, por ejemplo, establecer
este año por ley el secreto del precio de los medicamentos de financiación pública.
Conseguir que los políticos y altos cargos de las Administraciones sanitarias sean transparentes
en sus decisiones y actuaciones pasa necesariamente por que la opacidad tenga un coste
electoral en los políticos y un coste profesional en los altos cargos, y sufrir ese precio pasa por
que la ciudadanía penalice la opacidad, pero solo la penalizará cuando esté comprometida y
sensibilizada, que hoy no lo está, al menos suficientemente.
Queda, pues, bastante camino por recorrer. La labor que en esta ruta están haciendo los
órganos garantes de la transparencia instituidos como Administraciones independientes, el
estatal y los creados en las Comunidades Autónomas, está siendo muy importante. Animo a
que prosigan sin desmayo en esa labor de concienciación.






